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Los museos cuentan historias. Son el reflejo de nuestro pasado; a través de ellos aprendemos a conocernos, a identificarnos. En su interior se guardan objetos de valor incalculable, pues son únicos. Pero en Panamá, nuestro principal museo –el antropológico Reina Torres de Araúz– parece ser nómada, pues políticos de turno en el poder disponen de su inapreciable patrimonio de sitio en sitio, privándonos al resto de poder ver y apreciar las maravillas del pasado. En vez de salones de exhibición, las piezas están en cajas de cartón, sin el cuidado que necesitan estas colecciones; o almacenadas en el fondo de una caja fuerte, porque la sede del antiguo museo está sin reparar desde hace años. Las piezas de extraordinario valor se movieron a unas instalaciones inapropiadas, y en consecuencia, nuestra historia –16 mil piezas de oro y cerámica precolombina– fue embalada y sigue así, a la espera de que alguien decida dónde exponerla, cosa que ha tomado años y seguirá así, al menos, por otros años más, retando nuestra paciencia. Y como si fuera poco, hay obras de orfebrería y cerámica robadas e inventarios que carecen de piezas. Si así se cuida nuestro legado histórico, nuestro futuro no se vislumbra prometedor.

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