Recién fundada la República, nuestros gobernantes entendieron la necesidad de que el país tuviera un emblema cultural, que a la vez que inspirase al pueblo, nos llevase a las grandes cimas de las artes. Así nació el Teatro Nacional en 1908. Gracias al diseño del arquitecto italiano Giusseppe Ruggieri, y al toque magistral del pintor istmeño Roberto Lewis, el edificio se transformó en una joya de la nacionalidad. Durante el siglo XX, tres grandes esfuerzos de mantenimiento y remodelación, contribuyeron a conservar en el máximo sitial a este símbolo de nuestro patrimonio. El legado de la desidia de muchos gobiernos hacia todo lo cultural, y en particular hacia la conservación de nuestro patrimonio histórico, tomó como rehén a este monumento. Después de un año y un mes de su cierre, se hace urgente que las autoridades le den la prioridad que merece la restauración de esta gran casa de las expresiones culturales. No es justo con nuestra historia ni con nuestros ciudadanos que el Teatro Nacional siga en el abandono. Es hora de levantar el telón, y demostrar que la cultura importa.
hoyporhoy
02 ago 2016 - 05:00 AM
