“Agua, agua por todas partes, pero ni una gota para beber”. Samuel Taylor Coleridge describió así, hace más de dos siglos, la tragedia de unos marineros rodeados por un océano que no podía aliviar su sed. La imagen sobrevivió al poema porque encierra una paradoja que se repite: tener en abundancia aquello que se necesita y, aun así, no poder disponer de ello. Dos realidades que nuestro país conoce muy bien. Al Canal de Panamá le preocupa captar y almacenar suficiente agua para afrontar la estación seca; en numerosas comunidades -incluso en la capital del país-, el problema es lograr que el agua potable llegue de manera continua a los hogares. Para el Canal, la solución está encaminada con el reservorio de río Indio, aunque llegará tarde frente a las necesidades actuales. Durante años se aplazó una decisión estratégica y ahora el problema nos alcanzó: menos agua significa menos capacidad para aprovechar plenamente el Canal y los ingresos que puede generar. Para la población, sigue pendiente garantizar una gestión eficiente del agua, desde su producción hasta el mantenimiento de una red que asegure un suministro continuo y confiable. En el quinto país más lluvioso del planeta, padecer sed debería ser solo una paradoja literaria, no una realidad cotidiana.
