Hoy por hoy

Rubén De León, el expresidente de la Asamblea Nacional (AN) y miembro del Parlacen, tuvo cuentas pendientes con la justicia, pero, como siempre, la Corte Suprema lo salvó. La duda sobre si hubo o no delitos en su gestión en la AN no impidió que se postulara a secretario general del poderoso partido de gobierno, el PRD. Cuando las apuestas giraban a favor de la candidatura de José Gabriel Carrizo, este exdiputado veragüense surge de la nada –al menos para la mayoría–, con la unción del presidente y del vicepresidente de la República, según dejó entrever el que ayer se identificó como vocero de Carrizo, Federico Alfaro, en entrevista televisiva. Que diga eso en un medio de cobertura nacional es un mensaje que pretende influir en el voto del electorado PRD. Es como recordarle a sus bases quién tiene el poder de nombrar, contratar, conceder, favorecer y pagar. Desde fuera, lo que vemos los ciudadanos es a un presidente y vicepresidente que primero prometieron cero tolerancia a la corrupción, pero ahora, sin reparo, apoyan a un político sospechoso de haber cometido delitos contra el Estado para dirigir el destino del mayor partido del país. Las máscaras se siguen cayendo y muestran su continuada hipocresía.

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