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La Asamblea Nacional es uno de los pilares de la república democrática; debe representar la voz del pueblo, ya que sus diputados están en contacto directo con sus electores. En principio, esta relación es un privilegio, ya que los diputados pueden tener una idea mucho más clara de las necesidades de sus electores y así representarlos mejor. Sin embargo, en Panamá, las cosas son al revés: los diputados no representan a nadie, salvo a sí mismos, sus intereses y partidos políticos. Después de ser elegidos, estos funcionarios –al igual que alcaldes y representantes– reclaman de sus electores obediencia y reverencia, invirtiendo su rol. Las grandes mayorías desaprueban este comportamiento de los diputados, que, por lo general, va acompañado de apetitos insaciables de poder y dinero, obteniéndolos de formas cuestionables, incluso delincuenciales. La encuesta publicada este mes por La Prensa deja ver el grave deterioro y la precariedad de la imagen de los diputados: más del 60% de los panameños no confía en ellos y probablemente esto tenga consecuencias para muchos en las elecciones. Nunca ha habido tanta ausencia de transparencia ni tanto despilfarro, despojo e indiferencia como hoy. Lo bueno es que habrá elecciones en dos meses. ¿Seremos capaces de librarnos de tanta carga inútil?

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