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En Panamá hay un número plural de subsidios creados solo con fines electorales o reeleccionistas. Se manejan con la intención de ganar simpatías pues no son fondos dirigidos, que responden a estudios que determinen la necesidad de quienes realmente los necesitan. Al contrario, están hechos para comprar apegos. Hay modos menos políticos para que las personas mejoren su calidad de vida, pero si alguien sugiere modificar esos programas, la reacción es el miedo de perderlos, porque en el fondo, muchos no calificarían como beneficiarios. Actualmente, hay un ministerio que en tan solo las vigencias fiscales de 2021 a 2024 habrá destinado cerca de mil millones de dólares a estos subsidios. Se trata del Ministerio de Desarrollo Social, que poco hace por el desarrollo social del país, salvo manejar el presupuesto de esos subsidios. Pero en lo que se refiere a la familia, sencillamente no puede estar peor; los números de la pobreza no mejoran, la violencia intrafamiliar y de género aumentan; no hay programas científicamente estructurados para prevenir la delincuencia juvenil o el pandillerismo; la deserción escolar también aumenta. Los subsidios no son sinónimo de desarrollo, sino de estancamiento si son mal dirigidos, como en la actualidad.

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