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Hoy por Hoy

Hace 38 años, el cuerpo decapitado de Hugo Spadafora fue hallado por un campesino costarricense cerca de la frontera con Panamá. El país entero convulsionó y se lanzó a las calles para exigir justicia por el brutal asesinato, cometido y ordenado por oficiales y altos mandos de las Fuerzas de Defensa. El despiadado hecho marcó el inicio del fin del gobierno militar, dirigido por el fallecido Manuel Antonio Noriega. Panamá no sería el mismo: las protestas callejeras empezaron a ser frecuentes y la presión de un pueblo decidido a recuperar su democracia creció hasta que, en diciembre de 1989, el tirano fue derrocado por Estados Unidos. Desde entonces, el país goza de una democracia que, con el paso del tiempo, ha sido ultrajada, pues democracia no solo es ganar elecciones: es respetar la voluntad de los electores, que con cada gobierno son burlados por políticos que no sienten el menor respeto por un pasado que costó la vida de decenas de compatriotas, y que –como Hugo Spadafora– sacrificaron hasta la vida para heredarnos un país libre y democrático. Hoy, honramos el máximo sacrificio del médico guerrillero y repudiamos, al mismo tiempo, la caricatura de democracia que nos obligan a vivir los sucesores de aquella dictadura.

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