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Hoy por Hoy

Panamá, desde hace algunos años, vive entre una democracia y una dictadura civil, pero la balanza viene inclinándose peligrosamente hacia esta última. Desde el Ejecutivo hasta el Legislativo se gobierna en contubernio, sin las separaciones que exige la Constitución. Además, la voluntad popular –expresada en todas sus formas– es ignorada olímpicamente por estos dos órganos del Estado, que efectivamente hacen lo que les parece, sin rendir cuentas a nadie, porque hasta la Contraloría se ha convertido en una institución vasalla, dirigida por un funcionario que la ha desarmado por completo ante los poderes instituidos. Proyectos de ley sin ningún respaldo ciudadano salen del Ejecutivo –como, por ejemplo, el que deroga de la Ley de Transparencia, que será reemplazada por la ley de la oscuridad, o la ley que aprueba el nuevo contrato minero– para ser aprobados por los diputados, sin importar las consecuencias, desoyendo el clamor popular o sin siquiera leer y comprender su contenido. Sirven solo como peones en este tablero de ajedrez político con el que juegan el Ejecutivo y el Legislativo. Poco a poco se han apoderado de la soberanía del pueblo para manipularla a su antojo y medida, pisoteando todo vestigio de democracia que nos queda. ¡Hasta cuándo!

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