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Cuando el Gobierno nombra a un funcionario o cuando el pueblo lo elige, especialmente en cargos de jerarquía, todos esperamos que su gestión sea el correspondiente al de un “buen padre de familia”. El año escolar lleva ya un trimestre, pero en la mayoría de las escuelas públicas los estudiantes no han recibido sus textos escolares, por lo que nos preguntarnos qué estudian; qué aprenden; qué clase de educación reciben. Si la ministra no puede darles esos textos, también debemos preguntarnos si se comporta como una buena madre de familia. La respuesta es obvia: evidentemente no es así, y las consecuencias la pagan jóvenes que ya reciben una educación que es de las peores del mundo. Poco se preocupan los funcionarios de jerarquía por educar bien a nuestros jóvenes. Y eso tiene una razón perversa: una población sin niveles académicos prácticos se constituye en una masa ignorante, incapaz de distinguir la corrupción de la negligencia; de crear criterios basados en principios y no en la conveniencia ciega y egoísta. Son presa fácil de la corrupción, lacayos de quienes le robaron su futuro a cambio de las migajas que ofrecen los subsidios y el obsequio condicionado. Es la educación del subyugado.

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