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El panorama político, económico y social de la región viene dando tumbos desde hace años, de acuerdo con el Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA Internacional), tendencia esta que no es regional, sino mundial. El organismo indica que, a noviembre de 2022, “casi la mitad de las democracias del mundo […] están en declive, afectadas tanto por amenazas externas como internas. Entre estas, la excesiva concentración de poderes en el ejecutivo; el socavamiento de resultados electorales creíbles; restricciones a las libertades de prensa y persecución a los periodistas; achicamiento de los espacios de la sociedad civil; desilusión de los jóvenes con los partidos políticos tradicionales; corrupción fuera de control…”, que incluye también el uso tóxico y negativo de las redes sociales. Como vemos, esa realidad no es ajena a Panamá, en donde casi todos estos síntomas están presentes, por lo que no debemos seguir creyendo que Panamá es una isla, donde estas tendencias no suelen llegar. Los políticos –incluidos, especialmente, lo locales– son incapaces de conducir la nave del Estado por las aguas de la democracia, haciendo, como señala IDEA Internacional, que el “contrato social” pierda legitimidad y “consecuencia de ello, la insatisfacción ciudadana y el malestar social crecen rápidamente como lo evidencia el siguiente dato: en los últimos cinco años, el número de protestas alrededor del mundo se ha multiplicado”. Pero los políticos gobernantes panameños ­son incapaces de ver esta realidad; todo lo contrario, están ciegos, y tampoco escuchan, ebrios de poder e infectos de corrupción. Si no ven y si no escuchan, Panamá seguirá la tendencia mundial, poniendo nuestra democracia en peligro inminente por su falta de visión y su codicia desmedida. Y todo parece indicar que las cosas no van a mejorar este año. IDEA Internacional prevé para los siguientes meses “un aumento del riesgo político: creciente percepción de inseguridad frente a un crimen organizado cada vez más extendido; el retroceso de democracias asediadas por el populismo, la hiper-polarización y propuestas autoritarias; riesgos de nuevos estallidos de malestar social ante una economía anémica y gobiernos incapaces de procesar de manera oportuna y eficaz las demandas ciudadanas; una crisis migratoria que no cede; y la aparición de temas como la inseguridad alimentaria, el aumento de ataques cibernéticos…”. En Panamá todos esos síntomas están presentes, por lo que –ante una clase política que solo busca el poder para enriquecerse– corresponderá a los ciudadanos tomar conciencia de estos problemas y sus consecuencias, y exigir a los políticos –que no son más que servidores públicos– corregir rumbos y establecer metas conjuntas para salir de este atolladero a donde nos han conducido en los últimos años.

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