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Hoy por Hoy

La sinvergüenzura sigue siendo el símbolo que más identifica a la actual administración gubernamental. Con los escuálidos presupuestos nacionales y municipales que han quedado tras la pandemia, es inconcebible que alcaldes y representantes solo piensen en aumentar sus emolumentos, como los representantes en el Municipio de Santiago, que insisten en adjudicarse gastos de representación absolutamente injustificables. Para autocomplacer sus apetitos –que bien pudieran incluir sufragar con este dinero parte de sus respectivas campañas de reelección– destinarán más de $250 mil del presupuesto del Municipio. ¿Hasta dónde llega el descaro de esta gente? Nadie del Gobierno parece estar interesado en parar el despilfarro de dinero que pronto se necesitará. Alcaldes y representantes deben entender que sus cargos no les dan una carta en blanco para subirse salarios o adjudicarse dinero por servicios inexistentes. No deben pretender hacerse ricos ni esperar que el Estado les complazca sus caprichos. Son servidores públicos de un país en vías de desarrollo. No son faraones ni reyes. Son simples funcionarios, y si no les gusta el salario que acompaña sus cargos, pues renuncien. Nadie los obliga a seguir en el cargo.

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