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Hoy por Hoy

Las acciones de violencia protagonizadas por seguidores del expresidente Jair Bolsonaro en Brasil rayan en un intento de golpe de Estado, porque el radicalismo de estos cuasi terroristas les impide reconocer la victoria en las urnas del reelecto presidente Luiz Inacio Lula da Silva. Bolsonaro, por más que intente desvincularse del asalto a las sedes del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, tiene responsabilidad en todo lo que ha pasado. Las autoridades brasileñas tienen evidencia de que los actos de violencia no fueron espontáneos. De hecho, los primeros manifestantes llegaron en buses, y luego un plan de desestabilización fue ejecutado a fin de tomarse el poder. Esto no es más que la consecuencia de discursos con fines de desestabilización, como lo hizo Donald Trump, tras perder las elecciones de EU, que desató el asalto a la sede del Congreso. Y es parecido a lo que intentó un expresidente local que, sin pruebas, tras la derrota de su partido en las elecciones de 2014, pretendió empañar los comicios alegando fraude, aunque, afortunadamente, sus necedades no hallaron eco. Para hablar de fraude hacen falta pruebas contundentes, pero en sus egocéntricas psiquis lo que prevale es que, ‘si no gano yo, tampoco gana nadie’.

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