Hoy por Hoy

En muchos casos, el silencio termina convirtiéndose en una forma de complicidad, incluso, de forma involuntaria, en especial si son asuntos que competen al manejo de los asuntos públicos. Los problemas avanzan hasta que la colectividad le ponga un alto, pero si la reacción es no decir nada, el mensaje que se envía –y recibe– es indiferencia. Y eso es lo que ha pasado con el caso de las relaciones comerciales entre un banco y una persona jurídica acusada de lavado de activos. Dependencias gubernamentales, gremiales, incluso, colegas banqueros guardan silencio sobre un problema que tiene consecuencias para el sistema bancario nacional, así como para nuestra imagen internacional. Nuestro centro financiero tiene vulnerabilidades que éste ni gobiernos anteriores han podido solucionar, y se necesita que todos empujemos la carreta, ya que de otra manera las cosas pueden ponerse peor de lo que ya están. Las advertencias están sobre la mesa: el Grupo de Acción Financiera (Gafi), por ejemplo, advierte de un endurecimiento de las relaciones comerciales y de las transacciones si el país no supera las metas en las que ha fracasando desde hace años. Y el fracaso probablemente se deba, precisamente, a estos silencios.

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