Vivimos una transición histórica de larga duración. Enrique Dussel nos planteó un nuevo horizonte, el cual llamó transmodernidad, distinto al de la modernidad instrumental, en un contexto en el que sus certezas se resquebrajan y emergen desde las periferias voces, memorias y cosmologías encubiertas. Frente a esta realidad, el diálogo civilizatorio y pluriversal se presenta como condición necesaria para construir un futuro compartido, donde la convivencia se funda en el intercambio respetuoso entre horizontes diversos y no en la homogeneización impuesta.
El diálogo civilizatorio y pluriversal es imprescindible porque articula la diversidad cultural, epistemológica y política sin reducirla a una norma universal única, fomenta la justicia epistémica territorial y posibilita la elaboración de respuestas compartidas a problemas colectivos como la crisis ecológica, la desigualdad y la violencia, desde perspectivas diversas y complementarias.
Para que ese diálogo sea genuino, es necesaria la participación de todas las civilizaciones y de los subalternos, como diría Gayatri Chakravorty Spivak, con sus memorias, sus historias, sus victorias y sus filosofías. Este proceso de restitución histórica no solo revaloriza colectividades encubiertas, sino que fundamenta la legitimidad de las propuestas que esas comunidades aportan a la discusión pública, elevando su ponderación social y posibilitando una participación más equilibrada en los debates públicos.
El diálogo civilizatorio y pluriversal exige aprender críticamente de los logros de la modernidad, traducir y adaptar lo útil a contextos distintos y, al mismo tiempo, iniciar ese largo caminar hacia esa otra edad del mundo, con saberes y prácticas provenientes de otras civilizaciones. Este aprendizaje recíproco evita tanto la asimilación como la negación de lo diverso.
La alternativa no es el relativismo absoluto, sino la construcción de un pluriverso en el que coexistan analogías con un horizonte amplio en común orientado a afirmar la vida en el planeta. Ese horizonte plural disminuye la imposición y la homogenización, reduciendo la confrontación irreconciliable de civilizaciones y abriendo posibilidades de convivencia basadas en el reconocimiento mutuo y en normas negociadas colectiva y multilateralmente.
Desde un diálogo civilizatorio y pluriversal podremos diseñar políticas y modelos que respeten la diversidad, atiendan problemas sistémicos como la crisis climática planetaria y la desigualdad estructural, y promuevan modos de vida sostenibles y justos para múltiples comunidades del planeta.
Para llevar adelante este proyecto es necesario instituir espacios de interlocución y promover traducciones conceptuales y prácticas que faciliten la circulación e integración de saberes plurales.
El diálogo civilizatorio y pluriversal como una apuesta transmoderna no es un gesto decorativo, sino la condición para una transición hacia una nueva edad del mundo: la Transmodernidad. Recuperar memorias, aprender recíprocamente y construir futuros compartidos planetariamente desde la analogía permite, a largo plazo, el crecimiento de un mundo plural en el que múltiples mundos convivan sin ser subsumidos por una sola mirada.
El autor es doctor en filosofía.

