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¿Funcionará la bola de cristal? Proyecciones macroeconómicas en un entorno de incertidumbre

¿Funcionará la bola de cristal? Proyecciones macroeconómicas en un entorno de incertidumbre
Panamá ha sido un centro financiero regional, pero le falta actualizarse y modernizarse indica Felipe Echandi. Gabriel Rodríguez/LP

Durante algunos meses del año, los economistas —en distintos roles, sectores y niveles de influencia— dedicamos parte de nuestro tiempo a elaborar proyecciones que orientan decisiones presupuestarias, de inversión y/o de política pública. La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y el nuevo “magaverso” que rige las relaciones económicas globales, con la incertidumbre que esto acarrea, añaden un reto adicional a una profesión en la que cada vez resulta más complejo predecir, con razonable acierto, la trayectoria de las variables macroeconómicas vinculadas a este tipo de perturbaciones.

En ese contexto, durante la semana del 13 al 18 de abril se celebraron en Washington las Reuniones de Primavera del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. De ellas se desprendió el informe de proyecciones del FMI, titulado La economía mundial bajo la sombra de la guerra, que aborda el conflicto en Medio Oriente, sus disrupciones sobre las cadenas de producción y sus efectos potenciales sobre la economía global.

Antes de concentrarnos en la noble pero difícil tarea de proyectar variables macro, conviene resaltar el buen desempeño económico que experimentó el planeta en 2025, considerablemente mejor a lo previsto hace exactamente un año, cuando el presidente norteamericano declaraba la guerra arancelaria en el “día de la liberación” y se profundizaba la fragmentación geopolítica y multilateral que aún acecha el panorama.

En abril de 2025, el FMI proyectaba un crecimiento global de 2.8%, pero los resultados superaron con creces esa estimación: la economía mundial se expandió un 3.4% y el comercio global creció un 5.1%. La aceleración obedeció a múltiples factores —aranceles efectivos por debajo de los anunciados, condiciones financieras acomodaticias, el auge de la inversión vinculada a la inteligencia artificial y una inesperada depreciación del dólar—, pero el mensaje central es la notable resiliencia que exhibieron las economías para absorber shocks imprevistos, así como la no materialización de los escenarios catastróficos que, en ocasiones, proyectan algunos analistas.

¿A qué escenario nos enfrentamos en 2026? De forma análoga a 2025, un shock macroeconómico ocupa la mayor parte de los encabezados periodísticos, esta vez generado por la escalada del conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel. Además del alto costo humano, la guerra ha empujado el precio del petróleo casi un 30% en lo corrido del año hasta el 19 de abril, ha interrumpido cadenas de suministro de materias primas clave para diversas industrias y ha exacerbado tanto la volatilidad en los mercados financieros como las presiones inflacionarias.

Bajo el supuesto de un conflicto acotado en duración y alcance, el FMI proyecta que la economía global se desacelerará del 3.4% de 2025 al 3.1% en 2026, mientras que el comercio mundial moderaría su ritmo a 2.8%. La inflación general repuntaría a 4.4%, interrumpiendo la senda de desinflación previa. Las estimaciones del organismo asumen que el conflicto se resolverá en las próximas semanas y que las cadenas de suministro petrolero retornarán gradualmente a la normalidad hacia junio, permitiendo que la actividad recupere impulso, particularmente en el último trimestre.

Si miramos más allá del conflicto actual, los ocho meses que restan de 2026 están cargados de riesgos que sesgan el crecimiento a la baja: tensiones geopolíticas y geoeconómicas, elevados niveles de deuda pública y privada, exuberancia irracional y volatilidad en los mercados financieros vinculadas a la inteligencia artificial, y condiciones climáticas extremas amenazan con complicar el panorama. En sentido contrario, otros factores podrían estimular el crecimiento: expectativas de inflación ancladas que liberen presión sobre los bancos centrales, continuidad —prudente— de la inversión masiva en inteligencia artificial, así como potenciales acuerdos comerciales y la siempre disponible, pero rara vez concretada, integración regional.

Más allá de lo acertado que resulten las estimaciones de crecimiento para 2026, la pregunta más relevante no parece ser si la economía global logrará sortear el shock de este año, sino hasta qué punto nos hemos instalado en una nueva normalidad de crecimiento mediocre e impredecibilidad estructural. El propio FMI proyecta que la economía mundial se expandirá a un ritmo promedio de 3.1% anual entre 2028 y 2031, sensiblemente por debajo del 3.7% registrado en las dos décadas previas a la pandemia. Si esa trayectoria se confirma, la fragmentación geopolítica y la incertidumbre habrán dejado de ser un shock para convertirse en el régimen.

El autor es economista.


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