La pregunta no fue casual. Durante una capacitación docente se me solicitó responder qué entendía por filosofía educativa, precisamente por mi condición de docente de filosofía. Antes de desarrollar mi respuesta, hice una aclaración necesaria: lo que iba a exponer no era una ley, ni una política pública, ni una directriz institucional. Era una reflexión personal y profesional, construida a partir de mi experiencia en el aula y del ejercicio filosófico, situada en la realidad panameña. No obstante, considero que toda reflexión fundamentada merece ser escuchada, especialmente cuando nace del contacto directo con el sistema educativo.
Hablar de filosofía educativa en Panamá implica reconocer una contradicción estructural: vivimos en un país con abundantes recursos económicos, pero con un sistema educativo público que no logra romper el ciclo de la pobreza. Panamá no es un país pobre; pobre es la educación que se le ofrece a quienes menos tienen. Esta pobreza educativa no es accidental: aunque no siempre de forma explícita o deliberada, cumple una función dentro del orden social existente.
El sistema educativo, tal como opera en la actualidad, parece orientado a formar sujetos que se adapten más que ciudadanos que cuestionen. Se prioriza el cumplimiento mecánico, la repetición de contenidos y la obediencia, mientras se relega el desarrollo del pensamiento crítico. Educar se ha reducido a preparar para aprobar, cuando debería significar formar para comprender la realidad y actuar conscientemente dentro de ella.
Desde esta perspectiva, una filosofía educativa coherente con el contexto panameño debe colocar en el centro el pensamiento lógico y filosófico. No como adornos curriculares, sino como herramientas de defensa intelectual. La lógica permite identificar falacias y discursos manipuladores; la filosofía invita a cuestionar el poder, la justicia y la dignidad humana. Un estudiante que no desarrolla estas capacidades se convierte en un ciudadano vulnerable, y un ciudadano vulnerable es más fácilmente administrable.
La progresiva eliminación o debilitamiento de estas áreas del currículo no puede entenderse únicamente como un ajuste técnico. Tiene implicaciones políticas profundas. Un pueblo que razona es menos manipulable; un ciudadano que comprende las estructuras que lo gobiernan es más difícil de controlar. Por ello, no resulta extraño que la educación dirigida a los sectores empobrecidos esté empobrecida en pensamiento crítico.
A esta carencia se suma una profunda desconexión entre la educación formal y la vida cotidiana del estudiante. Se enseña educación cívica sin analizar cómo funciona realmente el Estado; historia sin conflicto social; ética sin contexto. Rara vez se invita al estudiante a preguntarse por qué, en un país con tantos recursos, la desigualdad persiste o cómo se reproducen las relaciones de poder. Sin esta lectura crítica de la realidad, la educación pierde sentido y se convierte en una formalidad vacía.
Una filosofía educativa situada también debe cuestionar el discurso dominante del emprendimiento cuando este se promueve sin una educación financiera real. Fomentar el emprendimiento sin enseñar a comprender intereses, deudas, contratos, impuestos o riesgos económicos no empodera: expone. No forma ciudadanos autónomos, sino personas vulnerables a la frustración y al endeudamiento. La autonomía económica mínima no se construye con consignas, sino con conocimiento concreto.
La escuela pública, además, no debería ser un espacio de humillación. Sin embargo, con frecuencia castiga la curiosidad, penaliza la pregunta incómoda y premia la obediencia acrítica. El estudiante pobre no es un problema que corregir, sino un ciudadano al que se le ha negado históricamente el acceso a las herramientas intelectuales necesarias para defender su dignidad.
En este contexto, el rol del docente resulta crucial. No como ejecutor pasivo de guías ni como receptor de capacitaciones vacías, sino como mediador crítico y formador de pensamiento. Exigir este rol sin ofrecer formación sólida y condiciones laborales dignas constituye otra forma de simulación educativa.
Por ello, cuando se me pregunta qué es filosofía educativa en el contexto panameño, respondo desde esta convicción personal, nacida de la experiencia docente: debería ser una educación crítica, lógica, filosófica y profundamente conectada con la realidad social del país. No para formar élites, sino ciudadanos conscientes, capaces de comprender el mundo que habitan. Porque un ciudadano que piensa deja de ser barato. Y quizá por eso, esa educación sigue siendo la gran deuda nacional.
La autora es profesora de filosofía.
