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Entre el recuerdo y la memoria: el reto de un enero eterno

Entre el recuerdo y la memoria: el reto de un enero eterno
Llama Eterna, en el Monumento a los Mártires del 9 de Enero de 1964. Isaac Ortega

Cada 9 de enero, Panamá recuerda. Se repiten los actos oficiales, las banderas a media asta y los discursos solemnes. Sin embargo, en medio de ese protocolo, surge una pregunta que no siempre estamos dispuestos a responder: ¿es lo mismo recordar que mantener viva la memoria? Una fecha puede permanecer intacta en el calendario mientras su sentido se desgasta en la práctica. Ahí comienza la verdadera pérdida.

Para quienes hoy habitamos un país sin las cercas que dividieron nuestro territorio, esa diferencia es vital. La investigación de Wendy Tribaldos, plasmada en su libro 9 de enero de 1964: lo que no me contaron, nos permite revivir la crudeza de una gesta que el tiempo ha intentado suavizar. Al rescatar los detalles que la historia oficial ha simplificado, la gesta deja de ser una narración acartonada y se revela como lo que fue: una experiencia profundamente humana y dolorosa.

Detrás de la movilización hubo liderazgos jóvenes, representados por estudiantes del Instituto Nacional, quienes organizaron una marcha con la convicción de que el civismo era nuestra mejor arma. Esa certeza fue compartida por jóvenes como Ofelia Rodríguez y Carmen Vergara, quienes, ignorando la advertencia policial de que “las chicas no van”, marcharon custodiando los hilos de una insignia que no estaba hecha para la guerra. No era una bandera de gala con ojales metálicos; era un símbolo frágil de seda, sostenido apenas por cintas.

Cuando esa seda se desgarró en Balboa, no se rompió únicamente una tela: se hirió la dignidad de un pueblo que ya no aceptaba ser extranjero en su propia tierra. Recordar es saber que la bandera fue rota; mantener viva la memoria es entender por qué esa fragilidad logró unir a todo un país. El saldo de 21 fallecidos y más de 300 heridos no es solo una cifra, sino el precio de nuestra integridad territorial.

Esta memoria activa exige también rescatar la humanidad de sus protagonistas. No honramos el legado de 1964 si permitimos que la historia minimice el papel de mujeres como Ofelia, o si convertimos a Ascanio Arosemena en una figura inánime de piedra. Él no murió empuñando un arma, sino sosteniendo a un herido para que no cayera. Ese gesto —sencillo, solidario y profundamente humano— dice más sobre el patriotismo que cualquier consigna. La memoria de Ascanio nos recuerda que el héroe no es quien busca el conflicto, sino quien protege al prójimo en medio de él.

Mantener viva la memoria implica una responsabilidad que el simple recuerdo suele evadir. Hoy, la soberanía ya no se disputa frente a alambres de púas, sino ante nuevas cercas invisibles: la indiferencia, la falta de integridad y una apatía ciudadana que es, en el fondo, una forma silenciosa de olvido. Cada vez que permitimos que la desidia gestione nuestro futuro, levantamos de nuevo los muros que los mártires ayudaron a derribar. Recordar el 9 de enero sin asumir sus consecuencias presentes es permitir que su sacrificio pierda sentido.

El desafío del Panamá actual es transformar la conmemoración en coherencia. Mantener viva la memoria significa construir un país donde la ética no sea un discurso ocasional, sino una práctica cotidiana, defendida con la misma determinación con la que aquellos jóvenes sostuvieron su bandera. Cada esfuerzo por un país más transparente es una forma concreta de ejercer la soberanía que nos heredaron. La lucha de 1964 no terminó con los Tratados Torrijos-Carter; continúa en la fiscalización del ejercicio del poder y en la exigencia de un Estado que rinda cuentas a sus ciudadanos.

Que la bandera que corona el Cerro Ancón no sea solo un punto fijo en el horizonte, sino un recordatorio de que la libertad es una responsabilidad que se ejerce cada día. Recordar es fácil; mantener viva la memoria exige decisión. Su lucha nos dio la tierra. Lo que todavía estamos decidiendo es si somos, día tras día, dignos de ella.

La autora es egresada del LLAC 2025.


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