¿Quién es hoy el “olvidado”? Hace décadas se hablaba del hombre en la base de la pirámide económica. Luego se habló de otro tipo de olvidado: el que paga, el que trabaja, el que cumple y, aun así, nadie toma en cuenta. Hoy esa figura sigue existiendo, pero ha cambiado de rostro. En Panamá, ese nuevo olvidado vive en la ciudad.
No es el obrero tradicional que muchos políticos mencionan en sus discursos. Es el conductor de plataforma que trabaja fines de semana para completar el mes. Es la madre soltera que atiende en un restaurante y guarda lo poco que puede para la escuela de su hijo. Es el migrante que limpia casas o es nana, corta cabello o hace uñas por su cuenta para sobrevivir. No encajan en una sola categoría, pero sostienen gran parte de la economía urbana.
Son trabajadores que viven del día a día, muchas veces sin contrato fijo, sin beneficios tradicionales y sin seguridad a largo plazo. Pero tienen algo que valoran profundamente: la flexibilidad. Poder decidir cuándo trabajar, cuánto trabajar y cómo organizar su vida. Esa libertad, aunque imperfecta, es su principal herramienta para salir adelante.
El problema es que nadie parece estar escuchando realmente lo que necesitan.
En Panamá, como en otros países, muchas propuestas laborales siguen ancladas en una lógica antigua. Se insiste en convertir a todos en empleados formales, con horarios rígidos y estructuras tradicionales. Suena bien en teoría, pero en la práctica puede terminar perjudicando a quienes dependen de la flexibilidad para generar ingresos.
Cuando se intenta regular este tipo de trabajo sin entender su dinámica, se corre el riesgo de cerrar oportunidades. Si a un conductor de plataforma se le imponen condiciones que encarecen su operación, la empresa reduce cupos. Si se encarece demasiado el servicio, baja la demanda. Y, al final, quien queda fuera es el trabajador que necesitaba esa entrada de dinero.
Algo similar ocurre en el sector de restaurantes, que en ciudades como Panamá es un pilar económico. Meseros, cocineros y personal de atención dependen en gran medida de propinas y de esquemas variables. Intentar uniformar todo bajo un salario fijo puede parecer justo, pero muchas veces reduce los ingresos reales y las oportunidades de empleo.
El resultado es paradójico. Políticas pensadas para ayudar terminan limitando opciones. Y el trabajador urbano, ese que se mueve entre varios trabajos y rebusques, queda nuevamente invisibilizado.
Por otro lado, tampoco hay una propuesta clara desde quienes defienden el libre mercado. Durante años se ha asumido que la ciudad pertenece a una sola visión política, y se ha dejado de lado a este grupo creciente de trabajadores independientes. Eso ha creado un vacío donde nadie los representa de verdad.
La realidad es más compleja. Estos trabajadores no necesariamente quieren un empleo tradicional. Muchos prefieren la independencia, aunque implique incertidumbre. Lo que sí necesitan son herramientas que les den seguridad sin quitarles flexibilidad.
Aquí es donde Panamá tiene una oportunidad.
En lugar de forzar a todos dentro del mismo molde, se podrían crear esquemas modernos que acompañen esta nueva forma de trabajar. Por ejemplo, sistemas de beneficios portátiles, donde el trabajador pueda acumular fondos para salud, jubilación o seguros sin depender de un solo empleador. De esta manera, mantiene su independencia, pero gana estabilidad.
También se podrían diseñar modelos laborales más flexibles en sectores como restaurantes, donde el trabajador pueda elegir entre diferentes esquemas según sus prioridades. Algunos preferirán ingresos variables con mayor potencial; otros, estabilidad. Lo importante es permitir esa elección.
El trabajador urbano olvidado no necesita discursos. Necesita soluciones que entiendan su realidad.
Mientras la política se enfoca en debates ideológicos, miles de panameños siguen manejando, atendiendo, vendiendo y resolviendo como pueden. Pagan, trabajan, sostienen la economía y, aun así, no aparecen en el centro de la conversación.
Ignorarlos no es solo una injusticia. Es un error económico.
Porque en esas calles, en esos turnos largos y en esos trabajos informales, está el verdadero pulso de la ciudad. Y si Panamá quiere crecer de forma sostenible, tendrá que empezar a mirar hacia donde siempre ha evitado mirar.
El autor es médico sub especialista.


