Es un poco nostálgico recordar que, para la mayor parte de la población panameña, la comunicación telefónica a finales de los años ochenta y parte de los noventa dependía prácticamente de los teléfonos fijos, sobre todo de disco giratorio y de teclas. Existían teléfonos fijos en hogares, instituciones públicas y empresas, así como teléfonos públicos que estaban distribuidos estratégicamente a lo largo del territorio nacional. Sin duda, con la llegada de la telefonía celular a inicios del nuevo siglo, pasamos paulatinamente de celulares tipo “ladrillo”, muy básicos, a teléfonos inteligentes muy complejos, con diversos precios y accesibles a todo público.
En este sentido, la función inicial de los teléfonos fue la comunicación oral, pero, con la aparición de los teléfonos inteligentes, el acceso al mundo quedó en nuestras manos, con múltiples utilidades en un solo dispositivo que lo transforman en un teléfono para la comunicación oral, textual y visual; una cámara fotográfica y videograbadora; un miniordenador con acceso a internet para buscar información diversa y utilizar aplicaciones de inteligencia artificial, además de muchas otras funciones que permiten a todos los ciudadanos comunicarse y tener acceso a información y entretenimiento al instante.
Pero todos estos aspectos positivos, mencionados y no mencionados, se ven empañados por temas inherentes a nuestra naturaleza humana.
Para muestra, usted puede salir a dar un recorrido por un parque, una universidad, un restaurante, un hospital, un autobús, una biblioteca o cualquier mesa familiar y observará una situación peculiar similar en todos los lugares antes mencionados, que consiste en que las personas están en “posición ligeramente inclinada, con la vista atenta a la pantalla y con los dedos en el teléfono inteligente”; en muchos casos, es un estado casi ajeno a nuestra realidad.
Es importante aclarar que este no es un tema contra las empresas que ofrecen los dispositivos o los servicios asociados, que son, por supuesto, importantes para nuestra sociedad actual, porque no vamos a vivir en la Edad de Piedra ni a transportarnos en carretas. Se trata de la realidad de la llamada “arma de doble filo”, en la que, como un cuchillo que utilizas para preparar los vegetales puede cortarte las manos, el uso inadecuado de los teléfonos inteligentes puede ser contraproducente.
Es una realidad que, para niños, jóvenes y adultos, tocar y observar de manera constante los teléfonos inteligentes se ha transformado en una fuerte necesidad para estar dentro de las redes sociales y buscar información de diversa índole —la mayor parte de ella no con fines educativos ni de importancia inmediata—, lo que les hace perder el sentido de la realidad y les ocasiona cansancio visual y trastornos del sueño, además de hacerles perder la noción del tiempo y causarles ansiedad y estrés, algo muy fácil de observar. Llegará un momento en que los profesionales que estudian el impacto de estos comportamientos tendrán que emitir una evaluación sobre los efectos que esta situación tiene en la productividad laboral y en la salud de los ciudadanos.
Esta distracción ha llegado de manera inconsciente a los hogares de las familias panameñas, donde la cena se transforma en un centro de “chateo”. Las escuelas y universidades también sufren diversas situaciones por el uso inadecuado de dichos dispositivos. Al momento de las clases presenciales o virtuales, estos dispositivos, debido a la distracción que generan, pueden transformarse en una barrera en el proceso de enseñanza-aprendizaje, cuando, en realidad, bien utilizados, son de gran valor para ese proceso en nuestra civilización. Si hablamos de los conductores de vehículos que escriben mensajes y observan contenido desde su teléfono inteligente al mismo tiempo que conducen, transforman su vehículo en una trampa de muerte andante.
Por tanto, no se trata de desestimar las grandes ventajas que nos ofrece el teléfono inteligente para facilitar nuestras vidas; simplemente se trata de que, como sociedad, aprendamos a utilizarlo correctamente para que las personas no se transformen en zombis sin capacidad de análisis y reflexión.
El autor es profesor especial de la Universidad de Panamá/Centro Regional Universitario de Los Santos.


