El sagrado derecho a no hacer nada

El sagrado derecho a no hacer nada

Hay un momento de la vida que uno espera durante treinta o cuarenta años. No es ganarse la lotería, ni viajar por el mundo, ni aprender a bailar tango. Es mucho más sencillo: jubilarse.

Durante décadas, el reloj fue el peor enemigo. Sonaba a las cinco de la mañana, mientras el resto de la humanidad seguía feliz debajo de las cobijas. Había que soportar trancones, jefes que confundían liderazgo con regaño, compañeros que hablaban demasiado, reuniones que pudieron ser un correo, clientes que siempre tenían la razón y un salario que jamás alcanzaba para todo.

Entonces llega ese día glorioso. El último. Uno entrega el carné, estrecha unas manos, escucha discursos que exageran sus virtudes y sale por la puerta convencido de que, por fin, será dueño de su tiempo.

¡Qué ingenuidad!

La familia ya tenía otros planes.

La pensión ni siquiera ha caído en la cuenta bancaria cuando el flamante jubilado recibe un ascenso inesperado. Ya no es contador, ingeniero, profesor o comerciante. Ahora ocupa el prestigioso cargo de gerente general de Oficios Varios y Favores Inmediatos, con disponibilidad las veinticuatro horas del día, incluidos domingos y festivos.

La frase más peligrosa del idioma español deja de ser «tenemos que hablar». Ahora es otra:

—Como usted no está haciendo nada...

Ahí comenzó el calvario.

  • -Vaya por los nietos al colegio.

  • -Espere al técnico del internet, que viene entre las ocho de la mañana y las ocho de la noche.

  • -Reciba el cilindro del gas.

  • -Cuide al perro, al gato, al conejo, al hámster y, de paso, riegue las matas.

Y uno termina cuidando un perro que come mejor que uno y duerme en una cama con aire acondicionado.

Los hijos descubren habilidades ocultas en sus padres jubilados.

Resulta que también son choferes de Uber sin cobrar carrera, niñeros certificados, psicólogos familiares, confesores de matrimonios en crisis, profesores particulares de matemáticas modernas que ni ellos mismos entienden, especialistas en abrir la puerta cuando llega un domicilio y expertos en esperar paquetes que nunca llegan el día prometido.

Lo más curioso es que cada favor dura «cinco minuticos».

En el diccionario familiar, cinco minuticos equivalen aproximadamente a cuatro horas y media.

—Papá, ¿me cuida al niño un momentico?

Cuando el hijo regresa, el niño ya aprendió a montar bicicleta, perdió dos dientes y está preguntando cuándo será su primera comunión.

Otro clásico ocurre con los nietos.

Los padres llegan con una sonrisa.

—Solo venimos un ratico.

Esa frase suele significar que regresarán después de que el abuelo haya visto siete películas infantiles, armado tres rompecabezas de mil piezas, jugado cuarenta partidas de escondidas, aprendido los nombres de todos los dinosaurios y desayunado, almorzado, merendado y cenado con los pequeños.

Y ni hablar de las tareas escolares.

Antes bastaba con sumar, restar y multiplicar.

Ahora un niño de tercer grado pregunta cómo resolver una ecuación con tres incógnitas usando pensamiento crítico, inteligencia emocional y material reciclable.

El abuelo termina consultando internet para ayudar al nieto... y el nieto termina enseñándole al abuelo.

También existe el famoso «favor administrativo».

—Papá, ¿me hace una diligencia rapidita?

La diligencia consiste en hacer tres filas, sacar cuatro fotocopias, autenticar dos documentos, pagar un recibo, reclamar una medicina y pasar por el supermercado, «ya que iba por allá».

Al regresar, el jubilado necesita vacaciones... de la jubilación.

Y eso sin contar las llamadas.

El teléfono suena más ahora que cuando trabajaba.

Todos llaman para pedir algo.

Curiosamente, casi nadie llama para preguntar simplemente:

—¿Cómo amaneciste?

Porque parecería que, para muchas familias, un jubilado sentado en una mecedora representa un desperdicio de recursos humanos.

Error.

Ese señor que está mirando por la ventana no está perdiendo el tiempo.

Lo está recuperando.

Está disfrutando las horas que durante medio siglo le pertenecieron al trabajo.

Tiene derecho a dormirse viendo las noticias.

A leer el mismo periódico dos veces.

A caminar sin destino.

A jugar dominó durante toda la tarde.

A cuidar una mata como si fuera un bonsái japonés.

A sentarse en una banca del parque a ver pasar a la gente.

Y, sobre todo, tiene derecho a no hacer absolutamente nada.

Porque ese «nada» costó madrugadas, sudor, preocupaciones, sacrificios y miles de días en los que puso primero las necesidades de los demás antes que las propias.

Así que, la próxima vez que vea a un jubilado descansando, no le pregunte si está desocupado.

No le lleve un mandado.

No le encargue al perro.

No le deje los nietos «un momentico».

No lo convierta en chofer, terapeuta, cajero automático ni centro de soluciones familiares.

Mejor siéntese con él.

Tómense un café.

Escúchelo.

Ríanse juntos.

Y después... déjelo tranquilo.

Está ejerciendo uno de los derechos más difíciles de conquistar en esta vida: el sagrado derecho a no hacer absolutamente nada.

El autor es ingeniero retirado.


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