A menudo nos referimos a Panamá como el “puente del mundo”. Sin embargo, desde la perspectiva del desarrollo sostenible, el verdadero puente —aquel que conecta el presente de desigualdad con un futuro de prosperidad compartida— sigue siendo la educación.
Al cerrar el ciclo 2021–2025, el balance del sistema educativo panameño revela mucho más que las cicatrices de una pandemia. Lo que emerge hoy son los cimientos de una transformación resiliente, construida con la convicción de que la educación no puede esperar y de que esta transformación debe ser profundamente inclusiva para ser verdaderamente equitativa.
Inclusión y equidad desde la base
En medio de la incertidumbre del covid-19, la alianza entre el Sistema de las Naciones Unidas y el Estado panameño fue vital para detener lo que pudo convertirse en una “hemorragia” de deserción escolar. Lograr la reapertura de escuelas fue el primer paso, pero el enfoque central fue asegurar que los estudiantes en mayores condiciones de vulnerabilidad —especialmente en contextos de movilidad humana y exclusión— contaran con las herramientas necesarias para no abandonar sus sueños.
La equidad ha sido nuestro norte. Agencias como la FAO han demostrado que la infraestructura es, en sí misma, pedagógica. Instalar sistemas de captación de agua de lluvia en escuelas comarcales garantiza el derecho al aprendizaje de más de 5,550 estudiantes, eliminando barreras logísticas y de salud que históricamente han impedido que la niñez en áreas de difícil acceso se concentre plenamente en su formación académica.
El corazón del cambio: calidad docente e innovación
La verdadera revolución educativa ocurre en el vínculo entre docente y estudiante. A través del programa “Entre Pares”, se está dotando a los 52,000 docentes del país de competencias en inteligencia artificial y alfabetización digital. La meta es clara: que el maestro no sea solo un consumidor de tecnología, sino un creador de contenido pedagógico relevante para su contexto.
Educación para la prosperidad, la paz y la autonomía
En un país de ingresos altos, pero con profundas disparidades, la educación debe ser el motor del empleo. La inversión en instituciones como el ITSE y el INADEH ha permitido que miles de jóvenes accedan a sectores estratégicos. Fomentar la participación de las mujeres en áreas técnicas y STEM es una prioridad para romper el ciclo de pobreza intergeneracional y garantizar su autonomía económica.
Pero la educación es también un instrumento de paz. En Colón, mediante la iniciativa SALIENT, se han transformado entornos de riesgo en espacios seguros. Un logro fundamental es que más del 53% de los actores clave capacitados son mujeres, asegurando un liderazgo femenino determinante en la mediación de conflictos y la construcción de cohesión social.
Asimismo, no podemos ignorar el costo de la inacción. Estudios de UNFPA (Milena) revelan que Panamá deja de generar $1,500 millones anuales debido al embarazo adolescente. Garantizar que las niñas permanezcan en la escuela es la inversión más rentable y justa que puede hacer el país para proteger sus trayectorias de vida.
Hacia 2030: el reto de la transformación estructural
Si el período 2021–2025 fue de estabilización, el nuevo ciclo del Marco de Cooperación 2026–2030 debe ser el de la escala y la transformación. El desafío es claro: se necesita un sistema de datos robusto e integrado que permita identificar y acompañar a quienes hoy permanecen “invisibles”: estudiantes que aún quedan rezagados por su origen étnico, discapacidad, estatus migratorio u otras condiciones de vulnerabilidad.
Pero la transformación estructural no ocurre por inercia: requiere un marco legal sólido que la sostenga, la impulse y garantice su continuidad. Panamá se encuentra hoy ante una oportunidad histórica con la discusión en la Asamblea Nacional de una nueva ley orgánica para la reforma educativa. Este no es solo un trámite legislativo; es una ventana estratégica para blindar el derecho a una educación de calidad, actualizar los pilares del aprendizaje y asegurar que el sistema responda a las realidades y demandas del siglo XXI.
Este es el momento de avanzar con decisión hacia una educación de calidad para todas y todos. Desde el Sistema de las Naciones Unidas en Panamá, reafirmamos nuestro firme compromiso con esta agenda país y estamos listos para acompañar técnica y estratégicamente este proceso nacional. Los cimientos están puestos; ahora corresponde construir, junto a Panamá, un futuro donde la prosperidad del país refleje el potencial alcanzado por cada estudiante, sin distinción de etnicidad, género, lugar de origen o condición social.
La autora es Coordinadora residente de las Naciones Unidas en Panamá.


