Camine hoy por la Vía España o recorra cualquier centro comercial en David y sentirá una extraña vibración. Por un lado, los titulares de los diarios y los informes de organismos internacionales nos dicen que Panamá sigue siendo la “estrella” de la región, con una proyección de crecimiento del 5% para este inicio de 2026. Por el otro, está el panameño de a pie, ese que camina con su hoja de vida bajo el brazo —o la envía por undécima vez a un portal de empleo— sin recibir siquiera un acuse de recibo.
Vivimos una paradoja peligrosa: la economía vuela en los papeles, pero la gente está estancada en tierra. Con un desempleo que se resiste a bajar del 10%, la pregunta que nos hacemos todos es simple: ¿quién se está quedando realmente con ese crecimiento?
Para comprender este hueco en el estómago de la economía, hay que mirar las cicatrices de nuestro pasado reciente. No podemos olvidar los golpes secos que recibió el mercado laboral y que aún no terminan de sanar. El cierre de la mina Cobre Panamá fue un cataclismo cuyas secuelas todavía se sienten en miles de hogares. El consultor laboral René Quevedo indicó que este cierre representó la pérdida de “más de 31,000 puestos de trabajo entre directos, indirectos e inducidos”. Ese vacío masivo no se llena con mensajes optimistas; es una herida abierta que afecta desde el vendedor de seguros hasta el propietario de una fonda.
A este golpe se sumó la crisis en Bocas del Toro. La inestabilidad de la actividad bananera dejó a toda una provincia en cuidados intensivos, demostrando lo frágil que es depender de un solo motor económico. Aris Pimentel, de la Cámara de Comercio de Bocas del Toro, lo advirtió con claridad: “cuando la actividad bananera se detiene, se paraliza todo”. Esto no solo afecta cifras de exportación; son padres y madres de familia que pasaron del salario formal al “sálvese quien pueda” para poder sobrevivir.
El problema de fondo es que el dinero circula en sectores específicos, pero queda cautivo sin generar empleos formales para el panameño común. Tras el fin de la minería y la crisis bananera, el mercado laboral ha quedado descolocado. Samuel Moreno, director del Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC), señaló en la Encuesta de Propósitos Múltiples – Mercado Laboral: “Tenemos un mercado laboral que está demandando ciertas competencias, habilidades blandas y habilidades tecnológicas que nuestra fuerza laboral, principalmente la juventud, no está teniendo en este momento. Hay una desconexión entre la oferta académica y la demanda del sector privado”. En buen panameño: estamos graduando gente para empleos que ya no existen, mientras las empresas buscan recurso humano que no encuentran en el patio.
Este desfase duele. El PIB es una cifra abstracta que no se traduce en una canasta básica accesible ni en estabilidad contractual. Como destaca el informe del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales (CIEPS) sobre la realidad social, la percepción de desigualdad nace del acceso desigual al empleo formal. Cuando el crecimiento solo beneficia a sectores especializados o financieros, el resto del país ve la fiesta desde la ventana sin ser invitado a pasar.
Ninguna empresa es próspera en un país que se desmorona. El PIB no es un trofeo; el PIB no se come. Urge canalizar el crecimiento hacia el turismo, la industria, la economía creativa y el agro, sectores hoy asfixiados por la burocracia y la falta de crédito.
El sector privado tiene responsabilidad, pero el Gobierno no puede ser un simple narrador de estadísticas. Urge una política de Estado que conecte inversión con formación técnica relevante. Sin cerrar la brecha entre la macro de los informes y la micro de los hogares, el 10% de desempleo seguirá siendo un muro que el crecimiento no logrará derribar. Panamá no puede ser un país de dos velocidades: primer mundo e informalidad. El bienestar debe dejar de ser un espejismo.
El autor es empresario.
