Panamá se ha convertido en ese estudiante que saca buenas notas, brillamos en rankings, nos felicitan los organismos internacionales, nos aplauden desde afuera, pero cuando uno sale a la calle, la realidad no coincide con el boletín.
La noticia sobre el “Panama rezagado” publicada por el periodista Alex Hernández el pasado 11 de enero en La Prensa confirma el sentir real del panameño de a pie: que somos potencia en rankings, pero en la práctica… todavía no. ¿Nos estamos quedando atrás o los otros países se pusieron las pilas?
Todo se mide en términos que suenan elegantes: inversión extranjera directa, estabilidad macroeconómica, confianza del mercado, grado de inversión. Palabras grandes, muy grandes… tan grandes que ya no caben en la nevera del panameño promedio.
Porque la verdad es esta: Los empleadores piden uno de 22 con 30 años de experiencia, salarios para vivir pero en la casa del árbol, al que trata de emprender lo que le cae es una pelonera entre el banco, la DGI, el municipio y la situación actual y en el país de los millones hay familias que comen una sola vez al día.
Pero en los foros económicos todo es optimismo, gráficas, proyecciones y discursos con voz de “vamos bien”.
Es como esas dietas que uno anuncia en Instagram: ensalada, agua con limón, frases motivacionales. Pero el único que dice la verdad es el pantalón. Y si no cierra… no hay PowerPoint que lo arregle.
Pareciera que nuestra economía es un “en vivo” sobre maquillaje con un fondo creado por IA. Nos maquillamos para gustarle a los organismos internacionales, para salir bien en la foto, para no incomodar a los mercados. Y en ese proceso, nos olvidamos completamente del pueblo.
Ya estamos viendo que atraer millones sin un país acorde a lo que vendemos no se traduce en prosperidad. Y los inversionistas extranjeros lo saben.
Seguimos dependiendo del Canal de Panamá como si fuera una vaca infinita. Todo gira alrededor de él: el discurso, la narrativa, la esperanza. Mientras tanto, el resto de la economía se deja a la buena voluntad del sector privado, como si el desarrollo fuera un hobby y no una política pública.
Tenemos una sobrepoblación de gurús financieros, analistas de LinkedIn, economistas de frases bonitas y expertos en nada. Pero seguimos sin un modelo serio de diversificación económica, sin una estrategia clara para integrar a los jóvenes, sin un plan para transformar informalidad en productividad.
Eso sí: tenemos rankings.
Una salida está en invertir en los jóvenes: educación técnica a nivel nacional sin recorte de presupuesto; formación en oficios, tecnología, logística, agroindustria y servicios locales que sí generen empleo inmediato.
Apostar por el turismo interno, comunitario y sostenible, ¿Por qué no vender el Chorro de Olá en Europa?; ¿Estamos yendo a las escuelas a dar educación fiscal básica para que los niños entiendan, participen y exijan?; apoyo a la innovación y su inclusión en mercados internacionales que le digan a ese joven que ¡si se puede!; y si la cura del cáncer la tiene ese niño que debe cruzar el rio en una soga para llegar a la escuela?.
Y no me malinterpreten: atraer inversión es importante. Pero la inversión que no mejora la vida de la gente es como un puente bonito donde no hay carros ni peatones: se ve bien en la foto, pero no cumple su finalidad.
El problema no es que Panamá quiera gustarle al mundo. El problema es que se olvidó de gustarle a su propio pueblo.
Y tarde o temprano, ese pueblo —como el pantalón— va a decir la verdad.
El autor es abogado.

