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El negocio del miedo ambiental

Cuando el alarmismo oculta los problemas reales que nos afectan

El negocio del miedo ambiental
Un bosque en las afueras de Bopolu, en Liberia, el 15 de noviembre de 2021 / AFP

Alguna vez ha visto una foto satelital de la famosa “isla de plástico” del Pacífico? La respuesta es no, porque no existe. Llevamos años escuchando que flota en el océano una masa compacta de desperdicios del tamaño de Francia, una imagen tan poderosa que ha motivado donaciones millonarias y campañas globales. La realidad, según la NOAA, es muy diferente: la llamada mancha de basura no es una isla, sino una región donde las corrientes concentran microplásticos a una densidad de apenas cuatro partículas por metro cúbico. Invisible desde el espacio, pero extraordinariamente útil para recaudar fondos.

El Amazonas ofrece otro ejemplo revelador. Se repite hasta el cansancio que es “el pulmón del mundo”, que produce el 20% del oxígeno planetario. Científicos de National Geographic y otras instituciones han desmentido esto repetidamente: los bosques tropicales maduros producen aproximadamente tanto oxígeno como el que consumen, y la mayor parte del oxígeno atmosférico proviene de algas y cianobacterias marinas. El Amazonas es valioso por su biodiversidad, por su papel en el ciclo del agua y por los pueblos indígenas que lo habitan; hay suficientes razones para protegerlo sin necesidad de atribuirle funciones que no cumple.

Las pajitas, pitillos o carrizos de plástico ilustran el problema del activismo meramente simbólico. Tras un video viral de una tortuga con una pajita en la nariz, ciudades enteras las prohibieron y corporaciones anunciaron su eliminación. Pero las pajitas representan menos del 1% del plástico oceánico, mientras que las redes de pesca abandonadas constituyen hasta el 46% de esa contaminación, un problema rara vez mencionado en las campañas. Es más fácil prohibir pajitas que regular la industria pesquera internacional, y ciertamente más atractivo para las redes sociales.

Más grave aún es la oposición ideológica a soluciones tecnológicas respaldadas por la ciencia. La organización ABREN ha documentado cómo una “poderosa red de ONGs internacionales” financia estudios y campañas contra la tecnología de Waste-to-Energy (WtE), que transforma residuos no reciclables en energía. Estas organizaciones, financiadas por canales filantrópicos sin mecanismos claros de rendición de cuentas, priorizan la ideología sobre los datos científicos, oponiéndose a una tecnología que la propia Unión Europea reconoce como esencial para la gestión de residuos. El resultado es que soluciones viables se bloquean, mientras los problemas que podrían resolver continúan agravándose.

Esta indignación selectiva también salpica a sectores necesarios para el desarrollo humano. La minería, por ejemplo, es frecuentemente satanizada sin matices ni reconocimiento de su importancia estratégica. Olvidamos que sin extracción responsable de minerales no tendríamos paneles solares, baterías para vehículos eléctricos ni la infraestructura tecnológica que hace posible la comunicación moderna. El litio, el cobre, el cobalto y docenas de minerales son indispensables para la transición energética que las mismas organizaciones ambientales promueven. La pregunta no es si debe existir minería, sino cómo debe hacerse: con estándares responsables, comunidades beneficiadas y ecosistemas respetados. La demonización simplista cierra espacios al diálogo constructivo y limita la posibilidad de generar empleo y desarrollo económico, dejándonos sin herramientas para abordar los desafíos reales.

Las organizaciones ambientales mueven miles de millones de dólares anualmente. El miedo vende, y las organizaciones que mejor lo explotan tienden a captar más recursos. El costo de este alarmismo es doble: erosiona la credibilidad del movimiento cuando las exageraciones se descubren y genera fatiga cuando el mensaje constante es el apocalipsis inminente. Muchos terminan desconectándose por completo, perdiendo la capacidad de distinguir entre problemas reales y narrativas fabricadas.

El ambientalismo necesita recuperar la credibilidad perdida. Necesitamos minerales extraídos con responsabilidad ambiental y social, y tecnologías como Waste-to-Energy que resuelvan problemas concretos de gestión de residuos. No podemos permitirnos el lujo de bloquear soluciones científicamente respaldadas por dogmas ideológicos, mientras el mundo real enfrenta desafíos que requieren respuestas pragmáticas. El futuro sostenible no se construye con miedo ni con símbolos vacíos, sino con minería responsable, tecnologías probadas y decisiones basadas en evidencia, no en narrativas alarmistas diseñadas para recaudar fondos.

El autor es geólogo profesional.


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