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El momento menos pensado

Hay una ley universal que nadie ha escrito, pero todos conocemos: las cosas importantes siempre pasan en el momento menos pensado… y casi siempre en el peor momento posible.

Nunca cuando uno está tranquilo, bañado, perfumado y con tiempo de sobra. No. Eso sería demasiado fácil. La vida prefiere sorprendernos cuando estamos ocupados, apurados, sudados, despeinados o mentalmente colapsados.

El jefe escribe cuando apenas vamos por el primer sorbo de café.La visita llega cuando la casa parece zona de desastre natural.Y el vecino decide conversar profundamente sobre la vida cuando uno va tarde… MUY tarde.

El panameño vive corriendo, aunque no se esté moviendo. Sale temprano y ya va tarde. Agarra tranque sin saber por qué. El bus pasa lleno, el pirata va lleno, el taxi dice “voy hasta ahí no más” y el sol pega como si tuviera algo personal contra uno.

Porque el universo tiene un sentido del humor bastante particular.

Uno quiere ser buena persona. De verdad quiere. Uno tiene valores, educación, principios y hasta frases motivacionales guardadas para usar en público. Pero hay momentos en que simplemente no se puede.

No es falta de cariño por la humanidad; es que estamos en modo supervivencia.

El problema del “momento menos pensado” es que nunca nos encuentra en versión amable. Nos encuentra con hambre, con sueño, con estrés o con una urgencia fisiológica que no admite negociaciones diplomáticas.

Ahí aparece alguien con un: —“Oye, rapidito, una preguntita…”

Y todos con urgencia. Todo es “rapidito”. En Panamá, el “rapidito” dura mínimo veinte minutos y termina con uno resolviendo un problema que ni era suyo.

Y uno por dentro piensa: hermano, si supieras que este no es el momento para preguntas existenciales.

Pero toca responder, porque la vida no pone pausas.

Uno intenta sonreír mientras revisa el reloj cada tres segundos, contesta mensajes caminando rápido, dice “sí, claro” sin saber exactamente qué está aceptando, promete llamar después, sabiendo perfectamente que ese “después” vive en el mismo lugar donde viven las medias perdidas y los controles remotos desaparecidos.

Y entonces ocurre lo inevitable: contestamos cortante, respondemos seco o ponemos cara de pocos amigos.

Después viene la culpa.

Pero el campeón mundial del momento inoportuno es el amor.

Porque las conversaciones sentimentales nunca pasan cuando uno está emocionalmente disponible. Jamás. Pasan cuando estás manejando, sudando o tratando de dormir.

—“¿Tú me amas de verdad?”

Pregunta profunda lanzada a las 11:48 p.m., cuando uno apenas puede recordar su propio nombre.

Y uno quiere responder bonito, romántico, digno de novela… pero el cerebro solo procesa supervivencia básica.

El amor también tiene esa costumbre de agarrarlo a uno fuera de servicio. Sin discurso, sin energía y sin WiFi emocional.

Ahí vienen los malentendidos, porque uno responde corto y parece desinteresado, cuando en realidad está pensando en el madrugón del día siguiente y en si quedó gas para el desayuno.

Uno quería ser paciente, comprensivo, casi espiritual… pero lo agarraron en mal estado emocional, logístico y hasta físico.

La realidad es que la mayoría de nuestras malas respuestas no nacen de la mala intención, sino del mal timing.

Somos buenas personas atrapadas en minutos imposibles.

El domicilio llega cuando estamos en la ducha.El mensajero llega cuando no tenemos efectivo.El teléfono suena fuerte cuando estamos en una reunión importante.El internet se cae cuando más se necesita.Y las decisiones importantes aparecen cuando tenemos la cabeza llena de pendientes.

La vida no agenda citas con anticipación.

Y quizá por eso deberíamos aprender algo simple: casi todos estamos atravesando nuestro propio “momento menos pensado”.

Ese conductor que no saludó tal vez va tarde a una cita médica.La cajera que no sonrió lleva ocho horas de pie.El amigo que respondió seco estaba resolviendo un problema que no contó.La vecina bonita que nos hizo mala cara posiblemente tiene a la mamá en el hospital.

Vivimos cruzándonos en segundos incómodos del otro.

Tal vez la verdadera amabilidad moderna no consiste en ser perfectos todo el tiempo, sino en entender que a veces alguien no puede ser su mejor versión porque está sobreviviendo a su minuto complicado.

Porque todos, absolutamente todos, hemos dicho alguna vez: “Ahora no puedo… después hablamos”.

Así que la próxima vez que alguien no sea tan amable contigo, piensa esto: tal vez no es grosería… tal vez la vida lo agarró exactamente igual que a ti tantas veces.

Y ese “después” no siempre significa desinterés. A veces significa simplemente que estamos tratando de resolver la vida… antes de que la vida nos resuelva a nosotros.

Así que, si algún día te encuentran apurado, indispuesto o corriendo contra el reloj, recuerda algo: no eres mala persona.

Solo te agarraron… en el momento menos pensado.

El autor es ingeniero retirado.


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