La clausura de la 56.ª Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en Panamá invita a una evaluación desapasionada de sus alcances reales. Bajo el lema “América unida en el bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá”, el foro buscó vincular la memoria histórica de 1826 con los desafíos contemporáneos de una región marcada por el deterioro de la gobernabilidad y el avance de la criminalidad organizada.
El consenso político de esta cita quedó estructurado en el documento final adoptado por las delegaciones: la Declaración de Panamá, cuyo título completo, “Multilateralismo firme en defensa de la democracia: la seguridad hemisférica y la estabilidad en los Estados americanos”, define con precisión las prioridades de la agenda interamericana actual. Lejos de ser un enunciado protocolario, este título establece un vínculo conceptual directo entre la preservación del sistema democrático y la viabilidad de las políticas de seguridad colectiva.
La conexión con el Congreso Anfictiónico de 1826 no radica en una simple coincidencia cronológica, sino en la vigencia del principio de corresponsabilidad. Hace dos siglos, las nuevas repúblicas americanas plantearon la necesidad de una alianza defensiva ante amenazas estatales externas y convencionales. En el escenario actual, los riesgos han mutado hacia la asimetría: el crimen organizado transnacional, las redes de lavado de activos y los flujos migratorios irregulares y masivos que debilitan las capacidades de control del Estado. El aislamiento ya no es una opción viable; las amenazas contemporáneas ignoran las fronteras tradicionales, haciendo que la seguridad de cada nación dependa directamente de la estabilidad de sus vecinos.
Para Panamá, este enfoque multidimensional es de estricto interés nacional. Nuestra posición geográfica y el desarrollo de la plataforma logística e institucional nos exponen de forma directa a los efectos colaterales de las crisis regionales, una realidad evidente en la situación humanitaria y ambiental que se gestiona en la provincia de Darién. Por lo tanto, coordinar y suscribir este documento no responde a una política de prestigio diplomático, sino a un requerimiento estratégico para mitigar riesgos internos mediante la cooperación internacional.
El desafío fundamental de la Declaración de Panamá radica en su viabilidad operativa. La trayectoria del multilateralismo regional evidencia una brecha recurrente entre la formulación de resoluciones y su ejecución en el terreno. Un modelo de gobernanza hemisférica que dependa exclusivamente de declaraciones normativas pierde efectividad frente a problemas estructurales que avanzan de forma rápida y descentralizada.
Para que la agenda aprobada sea un instrumento útil contra la inestabilidad, los Estados miembros deben articular mecanismos concretos. Esto requiere pasar de los compromisos generales a la acción técnica: mejorar el intercambio de inteligencia financiera para desmantelar las estructuras económicas del delito transnacional, homologar protocolos de gestión migratoria bajo criterios de seguridad y orden, y aplicar los mecanismos preventivos de la Carta Democrática Interamericana antes de que los deterioros institucionales se vuelvan irreversibles.
Panamá funcionó nuevamente como el espacio de convergencia para alcanzar acuerdos en un contexto regional polarizado. Sin embargo, el valor real de esta 56.ª Asamblea General no se medirá por la redacción final de su declaración, sino por el grado de voluntad política de los gobiernos para poner en práctica los acuerdos alcanzados. Frente a los desafíos de seguridad del hemisferio, el cumplimiento de los objetivos de la declaración determinará si el multilateralismo interamericano conserva su utilidad práctica o si se reduce a un mero registro de intenciones.
El autor es analista de relaciones internacionales y seguridad multidimensional.


