Regístrate para recibir los titulares de La Prensa en tu correo

Exclusivo Suscriptores

El imperativo existencial de la esperanza

En la constante espera vive el espíritu del ser humano. Habitamos una cultura donde el acto de aguardar se ha institucionalizado de tal forma que se ha insertado en cada fisura de nuestra vida cotidiana. Esperamos en el trabajo, en el tranque, en las instituciones, en los espacios públicos y privados. Esperamos el trámite que hace falta, la firma de un documento, el diagnóstico médico o el ascenso laboral que nunca llega. Algunos esperan la muerte en la antesala de un hospital y otros, el milagro de la vida.

En la cultura de la espera, todos aprendemos a esperar, pero, irónicamente, también hemos descuidado el sentido de la esperanza cultural, donde los imaginarios sociales se contorsionan, dejando una estela mágica y espiritual. La esperanza social es una forma de proyecto político, porque sin esperanza no hay un sistema de valores.

Octavio Tapia, en su ensayo “El panameño, entre el malestar, la despreocupación y la esperanza” (2016), dice que “…el sentimiento de esperanza es el resultado de la resistencia a la penuria y a la privación“. La esperanza es una construcción social y política que nace de la resistencia a la penuria. La esperanza puede contener la capacidad de imaginar desde la adversidad. Cuando estamos en medio de una encrucijada o en cierta realidad empobrecida, la imaginación le da contorno a la esperanza y la hace creativa.

Vivimos bajo el peso de la espera y la fuerza de la esperanza. La burocracia es el enemigo de la creación y reprime la esperanza. La burocracia se basa en la espera sin sentido, porque es mediocre. La mediocridad frena los procesos que sostienen la creatividad y la imaginación. Las promesas políticas vulneran la capacidad de acción de la población. La espera política distorsiona y normaliza lo inaceptable. La esperanza imaginativa desenmascara la mediocridad y crea espacios de creatividad donde el pensamiento es acción.

En las luchas socioambientales, por ejemplo, los movimientos comunitarios crean espacios donde la esperanza deja de ser una espera pasiva para convertirse en acción colectiva. Lo que Ernst Bloch llamaba “esperanza concreta” son las acciones que, desde la cultura, se gestionan para crear comunidad, pensar y transformar el presente.

Acabamos de vivir la Semana Santa, donde el sentido de la esperanza religiosa o divina es una forma de espera del que aguarda un milagro. Los medios de comunicación gestionan la ceremonia religiosa, el rito, el sentido religioso para crear una construcción de narrativas que tiene como soporte la desesperanza social. Es el caos mediático de la esperanza. Los medios operan bajo una lógica que prioriza la inmediatez, lo efímero, desde los sentimientos humanos. La fe se contiene en los móviles, en la luz de los televisores y las cámaras. La esperanza no es un imperativo, sino una imagen, una ilusión.

Por eso, Paulo Freire piensa en la esperanza como una necesidad ontológica. En Panamá, tenemos que recuperar la esperanza desde un imperativo existencial e histórico. Sin ella, la lucha por mejorar el país se balancea y se deteriora. Freire sostiene que la verdadera esperanza (y la utopía) exige una doble acción: la denuncia de un presente intolerable y el anuncio de un futuro por crear. No se puede denunciar sin la imaginación crítica. El pensamiento y la imaginación crítica se fortalecen desde la lectura de la realidad. Debemos aprender a leer el país que estamos construyendo. Sin visión de país, no se puede construir ciudadanía.

Necesitamos una ciudadanía que aprenda a dudar, a cuestionar y a rechazar la normalización de lo inmoral. Una ciudadanía que piense y critique. Una ciudadanía sin miedo. El miedo frena la creatividad. La lectura y la literatura juegan aquí un papel decisivo, porque son un derecho y una herramienta de poder. Leer permite convertir a dóciles ciudadanos en seres racionales capaces de oponerse a la injusticia, decía Alberto Manguel.

La esperanza, en definitiva, es un indicador de la salud de nuestra nación. Panamá es un país líquido y turbio; recuperar los imaginarios de esperanza es una tarea impostergable para evitar que nuestra existencia sea consumida por la inercia del desánimo del sistema. Cuando la esperanza es pensada y compartida, se convierte en el único camino para salir del laberinto de la espera. Porque esperar sin pensar nos condena a la inercia; pero pensar para actuar nos reivindica.

Hay dos frases que me conviene citar para cerrar este artículo. Una es de Julio Cortázar: “Probablemente, de todos nuestros sentimientos, el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”. Creo que tenemos que defender la esperanza desde la imaginación y la acción.

La otra frase es de Octavio Paz, y la tomo de “Posdata” (1969): “El mexicano no es una esencia sino una historia”. Creo que el ser latinoamericano es una historia. El ser panameño es una historia, y esa historia debemos redescubrirla. Por eso, el ejercicio de la memoria colectiva es una necesidad. Lo esencial de los panameños no es la identidad, la identidad es una categoría antropológica; lo esencial es la memoria histórica.

El autor es escritor.


LAS MÁS LEÍDAS

  • Científicos descubren ‘vida en un castillo de cristal’ y docenas de nuevas especies marinas. Leer más
  • El puente de las Américas será revisado por personal del Ejército de Estados Unidos. Leer más
  • Una Directora nacional mantenía bajo su supervisión a su cónyuge; Antai aplica sanciones. Leer más
  • Mayer Mizrachi cancela licitación para renovar la calle 50 por falta de recursos. Leer más
  • CSS pagará quincena y bono de $50 el 17 de abril: ¿quiénes quedan excluidos?. Leer más
  • Maersk responde a PPC: ‘No somos responsables de las reclamaciones’. Leer más
  • Colegio de Abogados tilda de ‘extralimitación de funciones’ actuación de la Contraloría. Leer más