En la ciudad de los barcos y los grandes edificios, donde el dinero fluye con la misma fuerza que el Canal, surgió una figura que no vestía armadura, sino trajes de sastre impecables y una pluma de tinta roja. No habitaba un cuartel, sino una torre de mármol frío desde donde se custodiaban los cofres del reino, a orillas de una vía costera.
Se le llamaba, por protocolo, el Gran Visir de las Cuentas. Pero en los pasillos de la Universidad del Pueblo, en las oficinas municipales y en el poder donde se producen las leyes, su nombre se susurraba con el temor reservado para quien tiene el poder de detener la sangre —o el salario— de un plumazo.
El Gran Visir de las Cuentas no necesitaba cadalsos de madera ni hojas de acero. Había perfeccionado el arte de la “guillotina” moderna: suspender salarios, congelar dineros de obras o retirar a los funcionarios encargados de fiscalizar ingresos. Con una mano firmaba el vacío y con la otra ordenaba que los libros contables se cerraran como lápidas. Su mirada, fija sobre las planillas de los rebeldes, recordaba la eficiencia de los antiguos maestros de la ejecución.
En la soledad de su despacho, rodeado de sellos que pesaban como hachas, el Revisor a veces creía escuchar un eco lejano, un rastro de pasos sobre el pavimento de otra época. Era la sombra de su símil: Charles-Henri Sanson, el verdugo oficial de París, quien lo visitaba en sueños.
Sanson, que había ejecutado reyes y revolucionarios en Francia con la misma gélida imparcialidad, parecía aprobar sus métodos. Pero existía una diferencia fundamental: Sanson era un brazo de la ley, un ejecutor de sentencias dictadas por jueces. El Gran Visir, en cambio, había decidido convertirse simultáneamente en ley, juez y verdugo.
Un día, el Visir decidió que la autonomía de los sabios era un estorbo y que los alcaldes de las ciudades vecinas debían aprender a pedir permiso hasta para respirar. Pero su acto más audaz fue ingresar al Templo del Gran Visir Investigador, allí donde los agentes de instrucción buscaban las huellas de los grandes ladrones del erario.
El Visir dio entonces una orden simple:
—Retiren a los técnicos.
De la noche a la mañana, los sabuesos quedaron ciegos. No hubo sangre sobre el suelo, solo expedientes mudos, vacíos de pruebas y culpables protegidos bajo el manto del Gran Visir de las Cuentas.
A los representantes del pueblo que osaban cuestionar su metamorfosis les aplicó el castigo de la inexistencia.
—Licencia sin sueldo —dictaminó.
Así inventó una categoría del olvido. Les quitó el pan sin juicio previo, utilizando el refrendo como una soga que solo se aprieta cuando la voz resulta disidente.
Charles-Henri Sanson, desde su rincón en la historia, observaba con cierta envidia. El verdugo francés necesitaba decretos y plazas públicas. El Gran Visir moderno solo requería un despacho y una orden implacable para arrancar cabezas administrativas.
Pero en el aire de la ciudad ya comienza a sentirse el aroma de la tormenta. Porque la historia enseña que, cuando el guardián de los tesoros se convierte en sepulturero de los derechos de la gente, el pueblo termina recordando que las llaves de la torre siempre cambian de manos.
Y que toda aspiración a la corona del reino puede terminar, tarde o temprano, en el cadalso de las urnas.
El autor es abogado.

