Casi de manera simultánea a la llegada de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos, también lo hicieron otros mandatarios en América Latina identificados con la ideología de ultraderecha, como es el caso de Daniel Noboa (Ecuador), Nasry Asfura (Honduras), Javier Milei (Argentina) y José Raúl Mulino (Panamá), entre otros.
Todos estos mandatarios presentan características en común: se declaran como gobiernos empresariales, enemigos de los movimientos sociales y abiertamente anticomunistas.
Observemos que Donald Trump desempolvó el anticomunismo de la década de los cincuenta, acusando abiertamente a China de ser una especie de amenaza a la democracia en América Latina, sobre todo.
En una especie de cumbre de países latinoamericanos realizada en Estados Unidos, y a la cual no asistieron el presidente de Colombia ni el de Brasil, Donald Trump prácticamente se autoproclamó como el representante de la nueva doctrina Monroe: América para los americanos (Estados Unidos).
Contrario a sus promesas electorales de bienestar económico y un mundo armónico sustentado en la diplomacia, Trump ha hecho todo lo contrario, usando la amenaza, la coacción e intervención militar para quien no se mantenga en su línea.
Millones de personas ya se han manifestado en los propios Estados Unidos contra la política guerrerista de Trump, muy similar a la guerra de Vietnam en los años setenta.
Incluso artistas reconocidos de Hollywood lo han tachado de loco, narcisista, desquiciado, pervertido y un sinfín más de epítetos.
Trump ha logrado lo que ningún otro presidente de Estados Unidos había hecho: dividir a la OTAN y alejar a antiguos aliados de Europa.
También ha hecho que muchos países adversarios de Irán depongan las rivalidades y se acerquen a negociar con el país persa.
El tema con Trump es que cada vez está más fuera de control y su gestión bipolar ha generado la desconfianza de varios aliados que no quieren verse envueltos en una guerra sin objetivos claros.
Lo que Trump no ha logrado entender es que el mundo actual no es el mismo de la Guerra Fría. Es un mundo de potencias emergentes como China, Rusia, Corea del Norte y la India, entre otros, que reclaman su espacio de bienestar económico.
La manera convulsionada con la que Trump está conduciendo a Estados Unidos no augura un camino positivo, sino un final para Trump también dramático, que podría llevarlo a una destitución o un juicio por múltiples cargos que ya se han presentado. El que siembra viento cosecha tempestad.
La figura que reemplace a Trump tiene que ser su polo opuesto para poder recuperar la confianza que Trump ha destruido con su política de terror y amenazas.
Muy posiblemente pueda ser un candidato de centroderecha moderado, con una visión más ajustada a la realidad de un mundo multipolar.
En el resto de los países de América Latina, donde mandatarios ajustados a los mandatos de Trump y sumisos ante su nueva doctrina Monroe, también se esperan cambios, como es el caso de Argentina y Panamá.
En Argentina, Milei le ha puesto en bandeja de plata el retorno del peronismo, y en Panamá, donde Mulino marca muy bajo en estadísticas de aceptación, es muy probable que sea una figura de centroderecha o algún independiente que prometa el retorno de las conquistas sociales perdidas y la reconquista como país neutral, más no alineado a ninguna potencia.
El autor es sociólogo y docente.


