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El calor en Panamá ya no es una sensación: es una emergencia

Las altas temperaturas van en aumento. Es el resultado del cambio climático y de un país que no se está preparando para enfrentarlo. ¿Qué debe hacerse para prevenir los impactos?

El calor en Panamá ya no es una sensación: es una emergencia
Abril es el mes más caluroso del año, lo que se debe a la posición geográfica de Panamá. Elysée Fernández

Cada verano, el mismo sofoco. Sudor en las calles, medios alertando peligros para la salud, autoridades difundiendo avisos de vigilancia por temperaturas inusuales. Y una certeza que ya no necesita conversación: cada vez hace más calor.

La Organización Mundial de Meteorología (OMM) y el Instituto de Meteorología e Hidrología de Panamá (IMHPA) lo confirman: en la última década, la velocidad del calentamiento prácticamente se ha duplicado, resultando en temperaturas extremas que rompen récords y causan caos.

No se trata de un fenómeno natural aislado: es una crisis para la que Panamá no se está preparando lo suficiente. La respuesta institucional sigue siendo fragmentada, reactiva o inexistente.

Detrás de las inundaciones, del aumento del nivel del mar, de las sequías que afectan al Canal y del calor extremo del que tanto nos quejamos, hay una causa común: el calentamiento global. Su origen es la quema de petróleo, gas y carbón: combustibles que mueven la economía mundial y liberan gases como el dióxido de carbono, los cuales atrapan el calor en la atmósfera y elevan la temperatura del planeta.

Lo preocupante es que la velocidad a la cual la Tierra acumula esta energía es cada vez mayor. Para dimensionar la magnitud del problema: en la última década, este ritmo fue diez veces más acelerado que en cualquier período comparable de su historia geológica, según la NASA.

El exceso de calor no es solo incómodo —genera mal humor, dificulta la concentración—, es peligroso: reduce el rendimiento académico y productivo, causa deterioro cognitivo y bajo peso al nacer, nos enferma poco a poco o nos mata de repente.

Según la revista científica The Lancet, la mortalidad por calor en América Latina se duplicó en la última década. En Panamá, el sector de la construcción perdió hasta un 40% de sus potenciales ganancias debido a afectaciones a su fuerza de trabajo por exceso de calor.

La evidencia científica muestra que esto es solo el principio, empeorará, y mucho.

Estudios indican que no solo pone en riesgo a los seres humanos, sino también a los animales y las plantas. Cada vez más especies se ven obligadas a migrar para sobrevivir y hasta la producción de alimentos ya está afectada. Expertos y economistas advierten sobre los costos exorbitantes para la economía que la crisis del clima generará en los próximos años, si el mundo no cambia drásticamente de rumbo.

Para prevenir y mitigar estos impactos hay que prepararse. ¿Panamá está a la altura de ese desafío?

Aunque el país se haya autodenominado “epicentro de la acción climática” y sea firmante de decenas de compromisos internacionales, a muchas personas se les inunda la casa sin haber escuchado nunca una explicación clara sobre el cambio climático y cómo reaccionar ante los eventos que causa.

Los bajos niveles de conocimiento sobre el tema resaltan una de las principales fallas de la política pública: educación, capacitación, sensibilización pública y participación ciudadana en acción climática. Una encuesta nacional de 2023 confirma que existe una alta preocupación, pero poco conocimiento y frustración por la falta de información clara y acciones concretas.

No es casualidad. Detrás del bajo conocimiento público hay siete décadas de campaña de desinformación por parte de las industrias de combustibles fósiles, según han documentado la Unión de Científicos Conscientes y el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes de EE. UU., que registraron el financiamiento de campañas con tácticas de engaño y desinformación para desacreditar la ciencia y mejorar la imagen pública de esas industrias.

Si Panamá realmente quiere estar a la vanguardia de la acción climática, no puede seguir en esta tradición. Necesitamos avanzar hacia un debate público, honesto y maduro, a la altura de la emergencia manifiesta, acompañado de una campaña nacional sostenida de orientación.

Es el camino para crear las condiciones de base para enfrentar preguntas difíciles: ¿Cómo se consigue la adaptación? ¿Cuáles serán las reglas y criterios para decidir cómo nos adaptamos? ¿Quiénes tendrán voz y voto en esas decisiones?

Eso exige, al menos, tres cosas: educación climática en las escuelas, mecanismos de participación ciudadana en los planes de adaptación y transparencia sobre quién financia el debate público.

Es hora de prepararnos para el futuro que tendremos en lugar de pretender, una vez más, que el sistema que alimenta la máquina del calor podrá resolver por sí solo esta crisis.

La autora es doctora en biología genética, educadora ambiental y activista. Produjo esta columna en el Programa de Escritura “Pensar Panamá / Narrar la Democracia”, de Concolón y la Embajada del Reino Unido en Panamá.


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