Aparece en el periódico La Prensa una pregunta que resuena en el corazón del centro de operaciones financieras y corporativas internacionales registradas bajo la jurisdicción local: ¿Por qué Panamá es tan importante en las investigaciones del caso Lili Pink? La interrogante, planteada por el periodista Rolando Rodríguez B., no es solo el punto de partida de una crónica judicial; es también el cuestionamiento que desnuda, una vez más, nuestras estructuras legales, exponiendo cómo los hechos investigados emergen de las profundidades de un sistema que no termina de corregir los defectos estructurales de una arquitectura jurídica que permite ocultar actividades ajenas al comercio lícito.
Dice el titular que Panamá es importante, que allí se tejieron los hilos de una red internacional, que hubo sociedades fachada y lavado de activos, y uno termina pensando en la importancia de las cosas cuando estas solo sirven para ocultar otras.
Ocurre que la Unidad Investigativa de El Tiempo, en Bogotá, y la prensa local han decidido mirar lo que otros prefirieron ignorar. Y lo que encontraron fue una constelación de nombres bucólicos: Nepal Blue, Twome, Bestsea Blue; instrumentos que, en realidad, funcionan como los muros de un laberinto. Entonces entra en escena el análisis jurídico y uno recuerda aquello que se lee en las novelas de Saramago: que no nos quedamos ciegos, sino que ya lo estábamos; ciegos que ven, pero que viendo no ven.
El análisis sonríe con esa suficiencia técnica para decirnos que no hay de qué asustarse, que todo es simple ingeniería de compartimentación, que cada sociedad es un ladrillo y el abogado el albañil que construye para que el ente fiscalizador no encuentre la puerta fácilmente. Porque, en el derecho de los rascacielos, lo importante no es la verdad, sino que las piezas del rompecabezas encajen convenientemente.
Se cuenta en las páginas de La Prensa que hay un hombre llamado Malaquilla Bismar Hernández, presidente de veinte sociedades y titán del comercio sobre el papel. Pero, cuando se busca su rastro, aparece un modesto negocio de eventos de mil dólares en una barriada cercana al aeropuerto: Delicias Elieth.
Otra vez, el análisis jurídico comenta con elegancia que eso se llama negación plausible, que si el pasaporte es auténtico, ¿por qué habría de sospechar el abogado? Es la industrialización de los ojos cerrados, la misma que hace una década alimentó los archivos de la extinta firma Mossack Fonseca y que terminó convertida en una parodia cinematográfica titulada The Laundromat, donde el mundo entero vio, entre risas amargas y botellas de Macallan, cómo se desvanecía el prestigio de un país convertido en escenario predilecto para ocultar fortunas, mientras se brindaba por la opacidad en vasos de cristal cortado.
En este escenario, el análisis expone la relación casi simbiótica de esos círculos de confianza donde comerciantes, hombres de negocios, auditores, banqueros y abogados comparten no solo la mesa, sino también la audacia de caminar al filo de la navaja. Todos participan del mismo banquete: una cofradía donde la línea entre asesoría profesional y complicidad amistosa se difumina en la penumbra de los clubes privados, allí donde se asoman —quizás sí, quizás no— quienes manejan los hilos del poder fiscalizador.
Pero la tinta de las órdenes judiciales aún no se seca en Colombia, donde comienza un nuevo capítulo de este thriller que parece no tener fin, y ya los abogados y directores nominales han empezado a renunciar en cadena en Panamá. Es la prueba de que nuestras normas de cumplimiento parecen más normas de complemento para un elegante maquillaje, incluidas en la factura que paga el cliente de turno solo para salir bien en la foto de las páginas sociales del mundo corporativo.
Dice el titular que el dinero salía mediante pagos ficticios y que se burlaban las aduanas: un costo de hacer negocios para mantener a Panamá como jurisdicción paraíso.
Allí, el agente residente no es un guardián, sino un acompañante de lujo que desaparece en cuanto escucha el primer trueno, olvidando quizás la lección de Mitch McDeere, aquel joven egresado de Harvard que, en la novela La Firma, de John Grisham, descubrió que el lujo de su oficina era apenas el decorado de una estructura controlada por la mafia. El mismo McDeere nos recordaría, con frialdad, que nunca debemos hacer nada que no podamos explicar el día en que la fiscalía llame finalmente a nuestra puerta.
Al final de la jornada, el periodista ha documentado el cuerpo del presunto delito y el abogado ha confirmado que el sistema está diseñado para que el beneficiario tenga un chófer y el profesional una excusa. Seguramente no necesitamos más leyes de papel, sino menos ratones con licencia para notariar, registrar y legalizar actividades societarias que solo existen en un folio. Porque, mientras la negligencia sea más rentable que la integridad, seguiremos viendo cómo el queso desaparece ante los ojos de un custodio que nos jura, con la carpeta de fotocopias en la mano, que todo está, por fin, perfectamente al día.
El autor es abogado y docente universitario. Doctor en Derecho.

