La reciente controversia entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el papa León XIV ha sido abundantemente comentada. Historiadoras como Joëlle Rollo-Koster, especialista en historia medieval, han recordado, muy acertadamente, que la historia está plagada de conflictos entre el papado y el poder secular. Otros han analizado la fractura en el seno de la Iglesia, que podría amenazar con un cisma.
Quisiera aprovechar estas líneas para traer una mirada distinta. En efecto, las investigaciones sobre populismo religioso, y un enfoque sociocultural del populismo, pueden dar claves para entender este momento.
En el marco de un proyecto de investigación regional sobre estas dimensiones socioculturales del populismo, liderado por Harry Brown Araúz y María Esperanza Casullo, analicé junto con mi colega Bibiana Ortega el lugar que ocupa la religión en los proyectos populistas en nuestro hemisferio.
Es importante diferenciarlo geográficamente, ya que en otras latitudes la religión ha sido utilizada para caracterizar al “otro” responsable de todos los males. Típicamente, en Europa, el islam y los musulmanes ocupan ese lugar de “enemigos internos” para los populistas. Sin embargo, el caso que nos ocupa es distinto.
Desde el siglo XIX, con la emergencia del People’s Party, enraizado en el evangelismo del sur del país, el populismo estadounidense ha tenido un fuerte componente religioso. Además, la idea del Destino Manifiesto está directamente vinculada con la imagen de Estados Unidos como un pueblo elegido por Dios.
Donald Trump reúne muchas de las características de este populismo religioso. Se retrata a sí mismo como instrumento de Dios —por ejemplo, cumpliendo su voluntad en la guerra contra Irán—; como un mártir sobreviviente milagroso del atentado de 2024; y como un misionero que busca salvar a Estados Unidos.
Con esos antecedentes, no es coincidencia que el proyecto que el presidente impulsa para modificar reglas electorales y, según él mismo plantea, “garantizar la victoria en los midterms”, se llame Save America Act.
La imagen de Trump representado como Jesús refuerza ese rasgo religioso y mesiánico de su populismo. No es algo que deba sorprender en América Latina. Hace apenas unas semanas circularon imágenes durante la campaña electoral costarricense representando al presidente Rodrigo Chaves de forma muy similar.
Sobre todo, ello confirma un hallazgo hecho con Bibiana Ortega: contrario a otros liderazgos populistas, los de índole religiosa tienen un liderazgo dual. Por un lado, Jesús; por otro, el político, cuyas características y trayectorias tienden a fusionarse en la retórica populista: ambos son mártires, extraordinarios y heroicos y, a la manera de la imagen generada por inteligencia artificial, sanan las heridas de su pueblo.
De hecho, Paula White-Cain, jefa de la Oficina de la Fe de la Casa Blanca, dijo recientemente que ambos —Cristo y Donald Trump— habían sido “traicionados y acusados falsamente”. A su vez, sus enemigos son retratados en términos religiosos, como Irán y sus dirigentes, calificados de malignos.
Otra característica es que, contrario a otros populismos que tienen “mitos de pasado”, buscando regresar a un pasado glorioso, o “mitos de futuro”, que pintan un porvenir envidiable, los relatos del populismo religioso combinan un pasado dorado perdido, un presente corrompido por el pecado y un futuro de redención gracias a la acción del líder.
Son mitos, por lo tanto, a la vez nostálgicos y futuristas. Eso es precisamente lo que encontramos en el lema Make America Great Again: una promesa de redención, de la mano de un líder que pide fe.
Otro hallazgo de nuestra investigación se ve reflejado en la actualidad reciente. El versículo citado por Pete Hegseth, extraído no de la Biblia sino de la película Pulp Fiction, es una magnífica ilustración del uso de la cultura popular por parte de liderazgos populistas para conectar con el pueblo.
En palabras de Ostiguy, el populismo es un “alarde de lo bajo”, es decir, una manifestación a menudo excesiva de lo que, según las convenciones sociales operantes, no debería estar en la esfera pública. Esto, contrapuesto a lo “alto”, más abstracto, reservado y “correcto” en sus modales y procedimientos.
En este sentido, la religión que reivindica el gobierno estadounidense no es la de las catedrales austeras, la exégesis bíblica o los oficios religiosos, sino la de la conexión a través de la diversión: el cine de Quentin Tarantino, las imágenes generadas por IA o la publicación de una Biblia —la “única avalada por Trump”— recopilada y editada por el cantante de country Lee Greenwood.
Es decir, nada de ello es atropellado; son los mismos recursos que lo llevaron a la presidencia.
Para los populistas, la religión actúa de varias maneras. Por un lado, símbolos, prácticas e imaginarios que permean las interacciones sociales ofrecen una fuente inagotable de posibilidades para generar identificación política. Por otro, la religión es también instituciones y liderazgos, que pueden funcionar como mediadores entre el líder populista y el pueblo.
Con el momento al que asistimos desde hace un par de semanas —con fuerte rechazo público a la imagen publicada por Donald Trump y un conflicto abierto con el Papa— esos dos canales de identificación y mediación podrían estar atascados.
La autora es politóloga e investigadora del Cieps.


