Resulta sorprendente, y a la vez aterrador, comprobar cómo una sola persona puede determinar el rumbo de todo un país. La historia contemporánea está llena de ejemplos: Fidel Castro, Manuel Antonio Noriega, Nicolás Maduro, Juan Domingo Perón y Adolf Hitler. Nombres que, para bien o para mal, han marcado a fuego el destino de millones de seres humanos. Cada uno de ellos demuestra que las naciones pueden ser secuestradas por la voluntad de un hombre.
Pensemos en Irán. Cuando gobernaba Mohammad Reza Pahlaví, el último sha de Irán, no existía conflicto alguno con Israel ni con Estados Unidos. Era un país moderno, abierto al mundo y con una economía en crecimiento. La llegada de los ayatolás transformó a Irán de manera radical: sus creencias religiosas reorientaron por completo la política interna y exterior, hasta convertirlo en lo que hoy muchos consideran un actor desestabilizador en Medio Oriente, respaldando a organizaciones como Hamás y Hezbolá. Un solo cambio de liderazgo bastó para alterar el equilibrio de toda una región.
El caso de Cuba es igual de doloroso. Sacar a Fulgencio Batista por corrupción parecía la solución a los males de la isla, pero el remedio resultó infinitamente peor que la enfermedad. Décadas de dictadura castrista han condenado a generaciones enteras al exilio, la miseria y el silencio. Y si miramos más atrás, encontramos a Adolf Hitler llevando a Alemania a la destrucción total, o a Juan Domingo Perón empujando a Argentina hacia un deterioro económico del que aún no logra recuperarse plenamente.
Pero no todo en la historia es sombrío. En el extremo opuesto brillan figuras como Lee Kuan Yew, en Singapur, capaz de transformar una pequeña isla sin recursos en una potencia económica mundial, o Augusto Pinochet, en Chile, quien impulsó profundas reformas económicas que sentaron las bases del crecimiento sostenido del país. La misma fórmula —un líder con poder concentrado— puede producir resultados diametralmente opuestos según los valores y la visión de quien gobierna.
Otro tema que merece reflexión son las Naciones Unidas. Se nos dijo que serían el fin de las guerras y las garantes de la paz mundial. Me gustaría ver el listado de los conflictos que realmente pudieron evitar. La verdad incómoda es que su efectividad ha sido limitada frente a los grandes conflictos del siglo XXI. Por eso, para algunos, resulta esperanzador el surgimiento de iniciativas como el Consejo de la Paz y el Escudo de las Américas, organismos que tendrán la oportunidad de demostrar si pueden ser más efectivos que la ONU. Mientras tanto, Estados Unidos sigue siendo, querámoslo o no, el policía del planeta. Por intereses propios o por convicción, es ese país el que finalmente termina interviniendo en muchos conflictos internacionales.
Aquí en Panamá hemos vivido en carne propia esta realidad. Fuimos secuestrados por un dictador a quien no le importaba el futuro del país ni el bienestar de sus ciudadanos. El único objetivo de Manuel Antonio Noriega era perpetuarse en el poder, porque abandonar Panamá significaba poner en peligro su vida debido a sus actividades clandestinas. Estados Unidos le ofreció en reiteradas ocasiones salidas negociadas, como el Plan Blandón, que Noriega rechazó una y otra vez.
La triste realidad es que este nefasto episodio de nuestra historia pudo evitarse por completo. Si Noriega hubiese hecho desde el primer día lo que terminó haciendo semanas después en la Nunciatura Apostólica —rendirse—, otra habría sido la historia. Así actuó el general Raoul Cédras, cuando vio venir la intervención militar en Haití: prefirió rendirse y luego vivió el resto de sus días en Panamá. No habríamos tenido invasión, ni saqueos, ni destrucción, ni muertos que lamentar. Tan sencillo como eso.
La lección que deja la historia es clara: los pueblos sufren o prosperan, en gran medida, por las decisiones de quienes los gobiernan. Por eso resulta vital exigir líderes con visión y verdadero amor por su patria. Porque cuando un solo hombre puede cambiar el destino de una nación, conviene asegurarse de que esa nación elija bien a quién le entrega ese poder.
El autor es promotor de proyectos


