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Cuando la diplomacia entra a la cancha

Cuando la diplomacia entra a la cancha
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Foto: FIFA

Cada vez que se celebra una Copa Mundial, el planeta parece sincronizarse alrededor de una misma conversación. Durante semanas, idiomas, fronteras, diferencias políticas e incluso conflictos que parecen irreconciliables quedan momentáneamente relegados a un segundo plano mientras millones de personas observan el mismo partido, celebran el mismo gol o comparten la misma decepción.

Esa capacidad de convocar al mundo alrededor de un balón explica por qué el fútbol es mucho más que un deporte.

La política internacional entendió hace tiempo que el deporte posee una influencia que muchas veces supera la de los discursos oficiales. Un ejemplo de ello ocurrió en 1971, en plena Guerra Fría, cuando una serie de encuentros amistosos de tenis de mesa entre la República Popular China y Estados Unidos se convirtió en un gesto simbólico de acercamiento que ayudó a abrir el camino para el restablecimiento de relaciones entre ambos países después de años de hostilidad.

Aquel episodio pasó a la historia como la “diplomacia del ping-pong” y demostró que, en ocasiones, un intercambio deportivo puede abrir puertas que permanecen cerradas para la política tradicional.

Desde entonces, los grandes eventos deportivos se han convertido en escenarios donde los Estados proyectan su imagen, fortalecen su reputación internacional y construyen vínculos con audiencias que difícilmente alcanzarían por los canales diplomáticos convencionales. Lo que ocurre en una cancha puede parecer ajeno a la política exterior, pero con frecuencia termina teniendo efectos que trascienden el ámbito deportivo.

El geopolítico y profesor estadounidense Joseph Nye denominó a esta capacidad de influencia “poder blando”: la posibilidad de alcanzar objetivos internacionales mediante la atracción, la cultura y los valores, más que a través de la fuerza o la coerción. Bajo esa lógica, una Copa Mundial no solo premia al mejor equipo de fútbol; también ofrece una plataforma para proyectar identidades nacionales, fortalecer narrativas de país y generar simpatía internacional.

La Copa Mundial de 2026, organizada por Estados Unidos, México y Canadá, está siendo una demostración de ello. Más allá de la competencia deportiva, el torneo funciona como un espacio de encuentro entre culturas, idiomas y visiones de mundo, así como una enorme plataforma de diplomacia pública.

Precisamente por ello resulta significativa la decisión adoptada recientemente por la FIFA de incorporar de forma sistemática y obligatoria el idioma español en todas las conferencias de prensa del Mundial. La medida surgió después de que futbolistas como Achraf Hakimi, Vinícius Jr. y Frenkie de Jong manifestaran su interés en responder preguntas en español, una posibilidad que no estaba contemplada bajo los criterios vigentes para la traducción oficial.

Más que una concesión, la decisión corrige una omisión difícil de justificar en una Copa Mundial organizada por tres países, entre ellos México, una nación hispanohablante. Resulta llamativo que el segundo idioma más hablado del mundo por número de hablantes nativos no hubiese tenido presencia garantizada en las conferencias oficiales desde el inicio.

El episodio recuerda que, incluso en escenarios concebidos para promover el encuentro entre culturas, persisten debates sobre representación, inclusión y reconocimiento.

Sin embargo, el Mundial también está recordando que el poder blando y el poder duro suelen convivir en un mismo escenario. Mientras el torneo promueve el encuentro entre sociedades, algunas decisiones han evidenciado que las tensiones internacionales no desaparecen cuando comienza a rodar el balón.

La negativa de ingreso a Estados Unidos al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, quien habría sido el primero de esa nación en arbitrar un partido mundialista, provocó la protesta de Somalia, que solicitó explicaciones tanto a Washington como a la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). A ello se suma el caso de la selección de Irán, instalada en Tijuana, México, debido a las restricciones impuestas por las autoridades estadounidenses para su permanencia en territorio norteamericano.

Estos episodios ilustran una paradoja propia de nuestro tiempo. El mismo Mundial que busca acercar culturas y proyectar una imagen de apertura global continúa desarrollándose dentro de un entorno donde los Estados mantienen intactos sus intereses estratégicos y sus mecanismos de control.

Mientras el fútbol despliega todo su potencial como instrumento de poder blando, la política internacional recuerda que el poder duro nunca desaparece por completo.

Para Panamá, país cuya historia ha estado marcada por el encuentro entre culturas y por su papel como puente entre regiones, esta realidad no resulta ajena. Nuestra posición geográfica nos ha convertido durante siglos en un punto de conexión entre pueblos, idiomas e intereses diversos, una experiencia que permite comprender el valor del diálogo y el entendimiento entre sociedades.

La diplomacia del siglo XXI ya no se limita a las cancillerías ni a las mesas de negociación. También se construye a través de la cultura, la educación, la tecnología y el deporte. Por eso, mientras se disputa el Mundial, somos testigos de mucho más que una competencia deportiva.

Detrás de cada partido convergen identidades nacionales, expresiones culturales, idiomas e intereses que trascienden el resultado en el marcador.

El fútbol vuelve a demostrar que algunos de los mensajes más influyentes de nuestro tiempo no siempre se transmiten desde una cancillería o una sala de conferencias; a veces, viajan dentro de una pelota.

El autor es internacionalista y periodista.


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