El gran problema de nuestra sociedad es que solemos indignarnos por las consecuencias, pero rara vez aceptamos nuestra responsabilidad en las causas. Denunciamos la corrupción, cuestionamos la incapacidad de quienes gobiernan y lamentamos el deterioro de nuestras instituciones. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reconocer que esos políticos sin propuestas no surgen de un vacío; son, en buena medida, el reflejo de una sociedad que durante demasiado tiempo ha normalizado prácticas que erosionan los valores sobre los que debería descansar una democracia.
El clientelismo, el “juega vivo”, el eterno “¿qué hay para mí?”, los políticos que cambian de partido por intereses personales y económicos... O sea, ¿nuestros partidos políticos tradicionales no tienen ideales que seguir? Cuando el voto se cambia por una bolsa de comida, un empleo temporal, una promesa particular o un favor personal, dejamos de elegir representantes para empezar a negociar privilegios.
En Panamá, la política deja de ser un espacio para el servicio público y se transforma en un mercado de intereses. El mérito, la preparación, la visión de Estado y la capacidad para construir políticas públicas pasan a un segundo plano. Lo verdaderamente importante parece ser quién puede ofrecer más beneficios inmediatos, quién tiene mayor capacidad para repartir favores o quién domina mejor las redes del oportunismo.
Es momento de detenernos y asumir una verdad incómoda: el problema no comienza el día de las elecciones, sino mucho antes, cuando decidimos “vender” nuestro voto, justificar lo injustificable o conformarnos con quien nos ofrece un beneficio personal en lugar de un proyecto de país. Si realmente queremos un cambio, debemos dejar de elegir a quienes prometen nombramientos, bolsas de comida, favores o contratos, y empezar a respaldar a quienes ofrecen algo mucho más difícil de vender: principios, capacidad, honestidad y una visión de futuro. Mientras sigamos votando con el bolsillo y no con la conciencia, seguiremos hipotecando el destino del país por un beneficio efímero.
Solo así dejaremos de llenar los cargos de elección popular con políticos que no llegan para transformar las instituciones, sino para reproducir los mismos vicios que durante décadas hemos tolerado e, incluso, premiado. No son un accidente del sistema ni una desafortunada excepción; son el producto de una sociedad que ha aprendido a normalizar el clientelismo, el oportunismo y la corrupción cuando estos le representan algún beneficio. Cada dirigente sin preparación, sin ética y sin compromiso con el interés nacional es, en realidad, el espejo de una ciudadanía que demasiadas veces ha preferido la conveniencia sobre los principios.
Mientras continuemos aplaudiendo al político que reparte dádivas, pero carece de propuestas; al que cambia de partido según le convenga; al que compra voluntades en lugar de convencer con ideas; y al que justificamos con el vergonzoso “robó, pero hizo”, seguiremos condenados a obtener exactamente los mismos resultados.
No existe reforma constitucional capaz de corregir aquello que los ciudadanos seguimos legitimando con nuestro voto. La verdadera reforma pendiente no está en la Constitución, sino en nuestra conciencia cívica. Porque ningún país puede aspirar a tener mejores gobernantes mientras una parte de su sociedad continúe premiando la viveza por encima de la integridad y el interés particular por encima del bien común.
La autora es abogada.


