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Criar es hacer equipo

Criar es hacer equipo

Cuando hablamos de crianza, lo primero que suele venir a la mente son etapas del desarrollo, disciplina, modelos educativos y otros aspectos directamente relacionados con los hijos. Sin embargo, la llegada de un niño transforma profundamente la vida en pareja, y necesitamos dirigir parte de nuestra atención a esa dimensión.

Más allá del amor o de la estabilidad previa, uno de los factores que más influye en la relación es la capacidad de los padres para trabajar como equipo. A esto se le conoce como coparentalidad. No se trata únicamente de criar bien a los hijos, sino de cómo ambos adultos se coordinan, se apoyan y toman decisiones en conjunto. Diversas investigaciones en América Latina y Europa coinciden en que una coparentalidad positiva —basada en el respeto, la coherencia y el diálogo— se asocia directamente con una mayor satisfacción de pareja y con menores niveles de conflicto familiar.

Este concepto no se limita a las parejas que permanecen juntas. Uno de los hallazgos más relevantes de la investigación reciente es que la calidad de la coparentalidad puede ser incluso más importante que el estado civil de los padres. Es decir, una pareja separada o divorciada que mantiene acuerdos claros, evita desacreditar al otro y prioriza el bienestar de los hijos puede ofrecer un entorno más saludable que una pareja que convive en constante conflicto.

En muchos casos, los principales focos de tensión no surgen por falta de amor o compatibilidad, sino por poca organización en la crianza. ¿Qué entendemos por disciplina? ¿Cómo queremos ejercerla? ¿Quién se encarga de qué? ¿Cuáles son nuestras reglas familiares? Cuando estas preguntas no se abordan de manera explícita, aparecen conflictos que, con el tiempo, pueden desgastar la relación.

Ante este escenario, la pregunta es: ¿qué pueden hacer las parejas para fortalecer su coparentalidad?

En primer lugar, es fundamental conversar antes de que surjan los problemas. Muchas parejas abordan los temas de crianza cuando ya están inmersas en el cansancio, el estrés y las diferencias. Anticiparse y hablar desde el inicio sobre valores, límites, educación y roles puede prevenir conflictos importantes. De hecho, cada vez más parejas optan por prepararse antes de la llegada de los hijos, ya sea a través de cursos o espacios terapéuticos. En mi experiencia clínica, he acompañado a varias de ellas y es posible observar cómo, a medida que trabajan estos temas con anticipación, ganan seguridad, claridad y mayor armonía en su dinámica.

En segundo lugar, es importante evitar desautorizar al otro frente a los hijos. Cuando un padre contradice o ridiculiza al otro, no solo genera confusión en el niño, sino que también debilita la confianza dentro de la pareja. Los desacuerdos son inevitables, pero conviene abordarlos en privado, como equipo y con respeto mutuo.

Otro aspecto clave es el reparto equitativo de responsabilidades. En muchos hogares, las tareas de crianza recaen de manera desproporcionada en uno de los padres. Esta desigualdad no solo provoca agotamiento, sino también resentimiento. La coparentalidad implica asumir la crianza como un proyecto compartido, en el que ambos participan de manera activa y consciente.

Asimismo, es esencial preservar espacios de pareja. Todos hemos escuchado la recomendación de “no descuidar la relación”, y suena muy bien en teoría. En la práctica, cuando hay hijos, cansancio y rutinas exigentes, lograrlo puede parecer casi una misión imposible. Aun así, sigue siendo una recomendación valiosa. No se trata de grandes planes o salidas elaboradas; a veces puede ser algo tan simple como acostarse juntos después de dormir a los hijos y dedicarse quince minutos sin distracciones: conversar, compartir o simplemente estar. Esos pequeños espacios, sostenidos en el tiempo, marcan una diferencia significativa.

La evidencia es clara: la forma en que los padres trabajan juntos tiene un impacto profundo no solo en el desarrollo de los hijos, sino también en la calidad de la relación de pareja. En un contexto donde las exigencias familiares son cada vez mayores, la coparentalidad se convierte en una herramienta esencial para sostener vínculos sanos.

Porque, al final, más allá de las diferencias o las circunstancias, hay una idea que lo resume todo: no se trata de ser padres perfectos, sino de ser un equipo presente, coherente y comprometido con el bienestar de los hijos.

La autora es psicóloga, terapeuta de pareja y educadora en Disciplina Positiva.


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