Nuestras calles se han convertido en un escenario de emociones que a cualquier desprevenido sorprende, sobre todo porque en las últimas semanas, los chiricanos han sido testigos del significativo aumento de accidentes viales; específicamente, han sido 366 los casos, de los cuales 33 personas no regresarán a casa.
Conducir no es una actividad menor, sino todo lo contrario: supone el poder de decidir sobre el propio destino y el de los demás cada vez que encendemos el motor de nuestros autos. En este sentido, el estricto cumplimiento de las normas de tránsito puede ser la diferencia entre un viaje tranquilo o una historia difícil de contar para quienes comparten el camino.
Es increíble que, hasta cierto punto, hayamos normalizado algunas conductas inapropiadas y peligrosas: transitar con normalidad por los hombros de las carreteras, saltarse sin reparo la luz roja, no usar oportunamente las direcciones, giros prohibidos sin escrúpulos, uso descarado del celular y otras más... muchas más.
A lo anterior se le suma el famoso “juega vivo” de algunos conductores con la intención de avivar las anécdotas para aquellos que les aplauden sus hazañas. ¡Absurdo!
Algunos concordarán que aquellos que utilizan las carreteras como pista de carrera para rebasar a cuanto vehículo encuentran en su camina a alta velocidad, son emisarios de tragedias. Caso similar es el de quienes al volante nunca tienen prisa, pues al parecer solo tienen tres velocidades: lento, despacio y quieto. No obstante, no es un tema menor, pues en su letargo de conducción no calculan o consideran que el auto que se aproxima debe esperar o detenerse por ellos, y algunas veces no es así y todo termina mal.
Otro grupo muy particular es el de los conductores que no ceden el paso a los vehículos de emergencia y creen tener derecho a seguir su marcha, ignorando la obligación de permitir el paso. ¡Inadaptado social!
También están los que se detienen abruptamente o como tantos transportes públicos se estacionan en plena vía, aunque dispongan del espacio para estacionarse en la orilla de la calzada, pues aseguran que tienen “el tiempo justo”. Algo parecido a los motociclistas que rebasan entre autos en espacios muy reducidos.
En otras circunstancias, están los peatones que consideran que el paso de cebra es exclusivo para cruzar a la velocidad que ellos consideran o para detenerse y saludar a quienes encuentran a mitad de camino.
A veces queremos que el gobierno o la Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT) tome medidas más estrictas; sin embargo, estoy convencido de que no es necesario que la coerción sea el mecanismo para corregir estas conductas, pues nuestras calles no necesitan conductores más hábiles, sino ciudadanos más conscientes de su responsabilidad vial.
En conclusión, escribo estas líneas con el más profundo respeto por aquellos panameños que han sufrido algún tipo de accidente de tránsito. De igual modo, expreso mi respeto por aquellos conductores que tratan día tras día procuran hacer bien las cosas. A ellos, gracias por hacer de las calles un lugar seguro.
El autor es docente y estudiante de Derecho.


