Estados Unidos se ha declarado dueño del hemisferio y ha demostrado estar dispuesto a hacer lo necesario para afirmar su dominio. Ha invadido Venezuela para apropiarse de su petróleo. Ha anunciado que se tomará Groenlandia, y se conoció que prepara planes bélicos contra Colombia y México. Ante tal despliegue de poder, me pregunto: ¿cómo nos defendemos de Trump? No podemos tomarnos a la ligera las palabras del mandatario estadounidense ni los intereses imperiales que representa. Trump lo ha dicho una y otra vez: el Canal les pertenece a ellos.
Puedo identificar al menos tres posiciones predominantes sobre el tema: agachar la cabeza, resignarse a ser colonia estadounidense o cobijarse bajo otra potencia. Las tres parten de la premisa de que somos demasiado débiles para defendernos y dan por hecho que el sometimiento a Estados Unidos es la única alternativa para Panamá.
La realidad puede cambiar. Panamá puede asumir otra posición que no sea la humillación. Es cierto: somos un país pequeño, con poco más de 75 mil kilómetros cuadrados y una población que apenas supera los 4 millones. Tenemos una economía limitada, sin una base productiva o tecnológica sólida, dependiente de su posición geográfica para un sector logístico segregado de la mayoría de las provincias y para servicios financieros, legales y comerciales cada vez más cuestionados. Nuestro Estado es clientelar y débil, sometido a los intereses de una élite que concentra las ganancias del Canal. Históricamente, esta forma de organizar la sociedad alrededor de la posición geográfica nos ha convertido en apéndice de la expansión estadounidense.
Pero esta debilidad no nos condena al sometimiento. Podemos convertirla en fortaleza. Ya lo hicimos antes. Con esa visión avanzamos en la conquista de la soberanía y logramos la salida de Estados Unidos del territorio nacional en el siglo XX. La posición geográfica es un instrumento mayúsculo para negociar con cualquier país o potencia sobre la base del respeto y la igualdad. Pero, para aprovecharla, debemos tener la fuerza necesaria para usarla a nuestro favor.
Para nadie es un secreto que la fuerza en política proviene de la unidad. Nuestros adversarios están unidos en la defensa de sus intereses. A nosotros nos corresponde cerrar filas en torno a la defensa de la patria y de su soberanía, que es también la defensa de los intereses del pueblo. Una unidad popular que defienda el Canal y la posición geográfica como patrimonio nacional al servicio del bienestar colectivo.
Los cómplices locales de Estados Unidos —que, según esta visión, incluyen al gobierno central y a numerosos diputados y alcaldes— quedarían aislados en un escenario de unidad nacional, obligados a ceder ante la presión ciudadana. Estados Unidos no podría imponerse sin complicidades internas.
No olvidemos que el 9 de enero de 1964 fue resultado de años de organización. No fue espontáneo, sino el desenlace de un proceso acumulado que estalló ante una provocación en la Zona del Canal. En ese momento, Estados Unidos se vio forzado a negociar. El tránsito interoceánico que necesitaba estaba en riesgo. Hoy, en cambio, pareciera que mantiene una influencia considerable. Autoridades, empresarios y políticos no pueden seguir subordinándose ante representantes de una potencia que lanza amenazas abiertas.
La tarea inmediata, desde esta perspectiva, es organizar fuerzas sociales que conduzcan a Panamá hacia la unidad nacional y, eventualmente, hacia mayores niveles de integración regional. En escuelas, comunidades, centros de trabajo y espacios digitales se disputa la narrativa sobre soberanía, desarrollo y dignidad nacional.
El autor es politólogo y es candidato a la vicepresidencia de la República.

