Cifras que alarman
No son las matemáticas ni la física las asignaturas con mayores índices de reprobación en nuestro país. Las ciencias sociales encabezan esta lista, pero detrás de los números hay un fenómeno más profundo: el progresivo menosprecio hacia las disciplinas humanísticas en Panamá.
¿Por qué nos debe importar?
Las ciencias sociales y las humanidades constituyen, a mi parecer, los pilares fundacionales de nuestra sociedad. Sin embargo, en la actualidad son señaladas con frecuencia como “conocimientos inútiles”, relegadas a un segundo plano en el debate educativo y político.
Existe un riesgo significativo de instrumentalizar al ser humano. Al priorizar únicamente lo práctico y lo productivo, caemos en la trampa de reducir a las personas a meros “agentes de producción”. Se pierde así la búsqueda del bien moral, el crecimiento ético y el desarrollo cultural, reemplazándolos por el beneficio económico inmediato y un crecimiento material desmesurado.
Una frase frecuente entre la población en general es: “¿Esto para qué me sirve si no da plata?”. Esta mentalidad refleja una educación que cultiva habilidades técnicas, pero descuida el espíritu crítico, la empatía y la reflexión sobre lo humano.
¿Cuáles serían las consecuencias visibles de todo esto?
Presenciamos una erosión de valores básicos: el respeto mutuo se debilita, los límites en el comportamiento se difuminan, el ego prevalece sobre el bien común y la dignidad humana se desvanece. Se forman así profesionales con ambición, pero sin humanidad; con destrezas técnicas, pero sin principios.
Tal vez esa sea una de las razones por las que tantos jóvenes hoy día se ven involucrados en vandalismo, drogas y caos.
Parafraseando la reflexión del pensador Nuccio Ordine, en su manifiesto titulado La utilidad de lo inútil:
“En el universo del utilitarismo, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil entender la eficacia de un utensilio, mientras resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte”.
Ordine señala el peligro de vivir en un mundo dominado por el homo oeconomicus, donde se ignora “la utilidad de lo inútil” y se prioriza la acumulación de dinero y poder, olvidando la belleza de lo sencillo: un atardecer, una sonrisa, un gesto de ternura.
Si no comprendemos la utilidad de lo aparentemente inútil, correremos el riesgo de que la inutilidad de lo útil nos arrebate la capacidad de apreciar el arte, la filosofía, la historia y, en última instancia, la vida misma. La educación no debe ser una fábrica de técnicos, sino un espacio para formar ciudadanos íntegros, críticos y humanos.
El autor es diseñador y poeta.

