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Bioeconomía en unidades de cerveza: lo que Panamá no está capitalizando

Panamá consume 64 litros de cerveza por persona al año, pero importa hasta el último grano para producirla. No faltan recursos, falta estrategia: la bioeconomía es la oportunidad de cambiar eso.

Bioeconomía en unidades de cerveza: lo que Panamá no está capitalizando
La Alcaldía de Panamá no implementará la ley seca en el distrito capital el próximo 9 de enero de 2025. Foto/Pixabay

¿Cuánta bioeconomía hay en una cerveza?

Cada año se consumen millones de litros en el país. Detrás de cada pinta hay un proceso que combina cebada, lúpulo, agua y levadura con fermentación controlada, filtrado, manejo de biomasa y logística. No es solo una bebida: es una cadena productiva basada en recursos biológicos. En una palabra: bioeconomía.

Pero en Panamá esa cadena está incompleta. El país produjo 255 millones de litros de cerveza el último año —unos 64 por persona, según el INEC—, uno de los consumos más altos de la región. Sin embargo, la mayor parte de la producción se concentra en dos grandes empresas que importan los insumos clave. El resultado es un modelo que se ensambla en territorio nacional, pero captura poco valor local.

Producimos el producto final, pero no desarrollamos los eslabones que más valor generan.

El contraste ya existe dentro del mismo mercado. Cervecerías artesanales y productores locales han empezado a integrar ingredientes nacionales —frutas, café, cacao— en procesos que generan identidad y valor en origen. Son iniciativas que conectan clima, suelo y conocimiento local con producción. Sin etiquetas ni teorías complejas, eso ya es bioeconomía en práctica. Sin embargo, ese aporte sigue siendo marginal frente a la estructura dominante y, en muchos casos, hasta invisible en las estadísticas.

El problema no es exclusivo de la cerveza. Se repite en otros sectores productivos. Café, caña, piña o recursos marino-costeros siguen una lógica similar: Panamá exporta materia prima o productos con bajo nivel de transformación, mientras el valor agregado se genera en otros países. Las cadenas de valor se interrumpen antes de tiempo y terminan fuera del territorio.

Esto ocurre en un contexto excepcional. Panamá concentra cerca del 5% de la biodiversidad del planeta en apenas el 0.1% de su superficie. Cada ecosistema alberga microorganismos, compuestos y recursos con potencial farmacéutico, agroindustrial y biotecnológico aún sin desarrollar. Ese capital natural, que podría sostener nuevas industrias, permanece en gran medida olvidado y sin valorizarse.

Panamá vende el ingrediente, cobra el precio más bajo de la cadena y deja ir el valor agregado.

Los datos lo confirman. La bioeconomía representa el 7.5% del PIB panameño, según CEPAL (2023), muy por debajo del promedio centroamericano, que ronda el 23%. La diferencia no es menor: refleja una estructura productiva que aún no aprovecha su base biológica para diversificar la economía.

Cerrar esa brecha no depende de descubrir nuevos recursos, sino de transformar los que ya existen. La Estrategia Nacional de Bioeconomía permitiría anclar en el país procesos de mayor valor: transformación industrial, desarrollo de bioproductos, innovación aplicada a la agricultura y uso eficiente de residuos. Esto no solo ampliaría la matriz productiva, sino que generaría empleos más calificados y mejor remunerados en zonas rurales, donde hoy se concentra la producción primaria.

Este enfoque también transformaría la manera en que se distribuye la riqueza. Al extender las cadenas de valor dentro del territorio, los beneficios económicos dejarían de concentrarse en etapas externas y empezarían a impactar a las comunidades productoras. Lo que hoy sale como materia prima podría convertirse en productos terminados, con mayor retorno económico.

Panamá se encuentra en un momento oportuno para articular su Estrategia Nacional de Bioeconomía. Las iniciativas que ya avanzan desde el sector privado y académico representan un capital valioso y ahora enfrenta el desafío de ensamblarlas en un modelo coherente.

Mientras tanto, el mercado ya está ahí. En el caso de la cerveza, la demanda es alta, constante y local. No es un problema de consumo. Es un problema de cómo se produce y quién captura el valor de esa producción.

Panamá tiene los recursos, el talento y ejemplos concretos de que es posible hacerlo distinto. Lo que falta es dirección, una visión común. No se trata de reemplazar lo que ya existe, sino de valorizarlo: pasar de ensamblar a transformar, de exportar insumos a desarrollar productos, de depender de importaciones a construir capacidades propias.

El problema no es la falta de ingredientes. Es la falta de una estrategia para convertirlos en valor.

Panamá no necesita descubrir su bioeconomía. Ya la tiene. La decisión pendiente es si va a seguir exportando materia prima o empezar a capturar el valor que hoy deja ir.

La autora es biotecnóloga y coordinadora de la estrategia nacional de bioeconomía desde la SENACYT. Produjo esta columna en el Programa de Escritura ‘Pensar Panamá/Narrar la Democracia’, de Concolón y la Embajada del Reino Unido en Panamá.


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