En los últimos días, el debate sobre la minería volvió al centro de la agenda regional, no desde la confrontación ideológica, sino desde una coincidencia poco habitual: América Latina tiene hoy una oportunidad histórica con los minerales estratégicos que el mundo demanda, pero solo podrá aprovecharla si decide hacerlo de manera responsable, coordinada y en beneficio propio.
Ese fue uno de los mensajes más claros del foro organizado recientemente por el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), donde se abordó la Agenda de los Minerales Estratégicos en América Latina y el Caribe. En ese espacio, representantes de países productores, empresas mineras y líderes gremiales coincidieron en que la región no puede seguir viendo sus recursos únicamente como materias primas de exportación, sino como una palanca de desarrollo económico, industrial y social.
Durante el panel, Jorge Riesco, presidente de la Sociedad Nacional de Minería de Chile; Diego Heilbrunn, del Consorcio Minero Horizonte; y Juan Camilo Nariño, presidente de la Asociación Colombiana de Minería, plantearon una idea común: América Latina concentra una parte sustancial de los minerales críticos que hoy exige la transición energética global —como cobre, litio y níquel—, pero enfrenta el desafío de construir marcos regulatorios estables, atraer inversión de largo plazo y, sobre todo, generar valor dentro de la región.
Uno de los puntos más relevantes fue el llamado a no limitar la discusión a las minas ya existentes, sino a apostar seriamente por la exploración. Países como Chile y Perú llevan décadas desarrollando su industria minera y han avanzado considerablemente en la identificación de yacimientos. Sin embargo, economías que aún se encuentran en etapas tempranas de desarrollo minero, como Panamá, Colombia, Ecuador o El Salvador, siguen teniendo un potencial enorme por descubrir. La exploración responsable, bien regulada y transparente, no es un riesgo: es una decisión estratégica de desarrollo.
Este enfoque regional también fue reforzado por declaraciones recientes del expresidente colombiano Iván Duque, quien señaló que ya es hora de que la minería se desarrolle en América Latina para beneficio de América Latina, y no únicamente como una actividad donde los recursos salen de la región y los beneficios se quedan fuera. El mensaje es claro: la industria debe generar empleo, encadenamientos productivos, ingresos fiscales y estabilidad económica en los países donde opera.
En ese contexto, distintos líderes de la región han advertido que la ausencia de reglas claras y de institucionalidad suficiente termina debilitando la capacidad de los Estados para ordenar el sector. Cuando no existe una minería formal, regulada y fiscalizada, el control se diluye y se pierden oportunidades de desarrollo y de protección ambiental.
Lo más llamativo es que este diagnóstico ya no divide aguas ideológicas. Desde sectores empresariales hasta líderes progresistas, desde organismos multilaterales hasta gobiernos nacionales, la coincidencia es evidente: América Latina debe decidir si quiere liderar el desarrollo de sus recursos o seguir reaccionando tarde, cuando los costos ya son irreversibles.
Precisamente por eso, la región se encuentra frente a una ventana de oportunidad que no se repetirá. La transición energética, la competencia geopolítica por minerales críticos y la necesidad de crecimiento económico colocan a América Latina en una posición privilegiada.
La conclusión es clara: hacer minería, pero hacerla bien. Avanzar con marcos regulatorios claros, firmes y de largo plazo permitirá atraer inversión responsable, desarrollar capacidades locales, generar empleo de calidad y asegurar beneficios reales para los países y sus habitantes. América Latina tiene los recursos, el conocimiento y la experiencia acumulada para hacerlo de manera responsable. Lo que está en juego ahora no es el debate, sino la decisión de actuar a tiempo, con reglas claras y con la gente en el centro.
El autor es economista.


