Héctor Gallego va para medio siglo de desaparecido. Sus familiares, con justificada razón, aún reclaman sus restos y la explicación de los hechos que ocurrieron aquel día que se lo llevaron efectivos de la hoy inexistente Guardia Nacional. En memoria del sacerdote colombiano, la población de Santa Fe, en Veraguas, lleva a cabo actividades el día de hoy, pero eso no basta por sí solo. Las desapariciones forzadas perpetradas durante la dictadura militar deben ser aclaradas, incluso judicialmente, para poder llegar a una verdadera reconciliación. Mientras las dudas se mantengan sobre esta y decenas más de desapariciones y asesinatos, no habrá perdón. Las autoridades no han podido completar la identificación de restos humanos –presumiblemente de personas que la Guardia secuestró y posteriormente asesinó– que aguardan a que un gobierno se tome en serio la tarea de terminar esta tarea. Los familiares de las víctimas merecen concluir la incertidumbre, y la sociedad necesita saber qué pasó con todos ellos. Héctor Gallego fue un faro de esperanza para cientos de campesinos en Veraguas, tierra que acogió al sacerdote, para luego ser arrebatado violentamente por inescrupulosos militares, incapaces de reconocer hoy su falta de valentía, no solo por haber cometido un acto abominable, sino por su empeño de ocultar la verdad. Guardar silencio hasta la tumba no es una acción de hidalguía. Todo lo contrario, es un acto de cobardía.
Exclusivo
Hoy por hoy
09 jun 2019 - 05:00 AM