Ganarle la batalla a la corrupción no es cosa fácil. Está enquistada en todos los niveles, en todos los órganos del Estado. Cuando uno cree haberla erradicado, crece con la primera llovizna, como la mala hierba, abonada con nuestra indiferencia. El Órgano Judicial –la última barrera para contener la corrupción– hace tiempo fue penetrado. Ahora la impunidad se pasea vanidosa por los pasillos y despachos del Palacio Gil Ponce; ha dejado de ser la niña indeseada y ahora convoca a festines en los que su corte y vasallos reparten abundantes fallos que hacen de la justicia la niña fea del baile, la que no fue invitada. La repugnancia que provoca el Órgano Judicial solo es comparable con la tolerancia que hemos desarrollado los panameños a la corrupción. Si roban, no nos importa; si mienten, no es nada nuevo; si coimean, es lo habitual; si delinquen, ¿cuál es la novedad? La democracia panameña tambalea, vamos al abismo, cortesía no solo de un sistema político profundamente corrupto, sino de todos nosotros, que hasta justificamos las actitudes delincuenciales de los que nos gobiernan. La reciente decisión de excluir a un exministro de una investigación es locuaz, es precisa, es exacta, es el retrato en alta resolución de lo que ocurre con la justicia. Seguramente, el exministro y sus compañeros de aventuras concurrirán al festín de celebración, a rendirle tributo a la nueva dama de la justicia, esa que en su túnica oculta anchos bolsillos donde tributan sus invitados.
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10 nov 2018 - 05:00 AM