Cuando todos creíamos que el desastre que fue el Programa de Ayuda Nacional (PAN) había desaparecido, resulta que sus aborrecibles y repugnantes prácticas fueron trasladas a otras instancias gubernamentales para saciar el voraz apetito de unos diputados carentes de humanidad, empatía y conmiseración. El gobierno de Juan Carlos Varela alimentó la avaricia de estos políticos con dinero de un pueblo que él se jacta de representar. Lo mismo ocurrió cuando el Ejecutivo aprobó decenas de millones de dólares para donaciones y planillas en la Asamblea Nacional, que resultaron ser un fraude, solo un medio para extraer –con apariencia de legalidad– los millones que con mucho esfuerzo los panameños deben entregar al fisco. Si el presidente cree que es ajeno a la corrupción que salpica a muchos de esos diputados, quizás valga la pena recordarle que su gobierno fue el que aprobó darles esos fondos, a cambio de un pacto de gobernabilidad que se tradujo en una licencia para arruinar el país y hacer ricos a varios políticos, mientras él volteaba la cara. El PAN nunca murió, quizás estuvo en cuidados intensivos, pero este gobierno lo revivió y hoy está tan vivo y rozagante como en sus mejores días, solo que en otras oficinas, con otras caras, pero con el mismo dinero, las mismas víctimas y la hipocresía de siempre: ¡El pueblo primero!
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07 nov 2018 - 05:00 AM
