Se ha vuelto parte del dogma de fe de los políticos y administradores del Estado, transferirle la culpa de nuestros problemas a terceros. El caso de las inundaciones del lunes pasado es un ejemplo. La improvisación, la ausencia de planificación urbana y la extrema laxitud con la construcción en Panamá nos pasaron la factura y nos dieron un aviso de que estamos haciendo mal muchas cosas. En la dura situación turística que enfrenta el país, se culpa a las tendencias globales, y no a las carencias de adecuadas políticas públicas y de una institucionalidad articulada para desarrollar este sector de la economía. Temas como la inseguridad, la falta de medicinas o el retraso en obras públicas son siempre atribuibles a otros y a factores externos sobre los que “no tenemos” control. ¿Cuándo aprenderemos a ser responsables de nuestro destino?
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02 ago 2018 - 05:00 AM