Un estudio de Naciones Unidas en Latinoamérica coloca a Panamá en el tercer lugar con la mayor población entre 15 y 29 años de edad, que ni estudia ni trabaja. En términos concretos, unos 242 mil jóvenes han dejado de ser parte de la economía formal, el sistema educativo oficial e incluso de la funcionalidad de una familia estable. Estos son los hombres y mujeres sobre los cuales se tiene que construir el futuro de Panamá, el saneamiento de las finanzas de la Caja de Seguro Social y la institucionalidad democrática del país. En muchos casos, la situación de estos jóvenes no ha sido una decisión voluntaria y autónoma. Es justo entender que existen barreras infranqueables a las que los más desafortunados se ven enfrentados –como la falta de escuelas apropiadamente organizadas o la carencia de servicios públicos-, o están en desventaja contra los vertiginosos cambios y transformaciones de la economía panameña. Pero como país, no podemos darnos el lujo de descartar a ese 26% de jóvenes, descalificándolos como ninis. Las inequidades y las desigualdades sociales y geográficas pesan mucho sobre la trayectoria potencial de vida de estos jóvenes. Este es uno de los indicadores más evidentes de que nuestra educación, la red de servicios sociales y la economía, no están incluyendo a todos los panameños. Estamos a tiempo de convertir esta tragedia humana en una esperanza de un mejor futuro.
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15 jul 2018 - 05:00 AM
