El volcán Barú, la máxima elevación del territorio nacional, es uno de los hitos geográficos más simbólicos para los panameños. De sus entrañas nacen algunos de los ríos más importantes del occidente y en él habita una diversidad de especies animales y vegetales que no se encuentra en otros lugares del país. Sin embargo, no escapa de la devastación del hombre. Tan solo hace unas semanas, se talaron algunos bosques de las laderas del volcán y se ensancharon las rutas de acceso, todo esto sin estudio de impacto ambiental y mucho menos consulta pública. Lo relativo a esta iniciativa es un misterio, que continúa la tendencia de este gobierno de abrir a la brava las áreas protegidas del país. Parece haberse convertido en una práctica común. Lo hemos visto en Donoso, Camino de Cruces, la laguna de Matusaragatí y en la isla de Coiba. Panamá es sumamente susceptible a las consecuencias del cambio climático, a los devastadores efectos de la corriente de El Niño y, por su posición geográfica, somos vulnerables a las plagas y epidemias facilitadas por la destrucción de ecosistemas claves. Darle la bienvenida al turismo y otras actividades autosostenibles no es necesariamente incompatible con la protección de las reservas panameñas; sin embargo, esta bienvenida debe hacerse en estricto apego a las normas ambientales y de la ley. Existen modelos exitosos en el mundo del turismo sostenible que valdría la pena estudiar e implementar, sin perder de vista que lo que no podemos aceptar es que las ganancias a corto plazo de pocos se conviertan en las pérdidas a futuro de muchos.
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18 mar 2018 - 05:00 AM