En nuestra historia republicana hemos tenido tres asambleas constituyentes. La convocatoria de cada una se dio en circunstancias extraordinarias e irrepetibles, que incluyen la fundación de la República y la conclusión de la II Guerra Mundial, que vino acompañada de la recomposición de las fuerzas políticas nacionales e internacionales. Desde 1946, en el país no se ha convocado una constituyente. A partir de 1990, la vía preferida para el cambio constitucional ha sido la reforma legislativa pactada y aprobada por dos Asambleas en gobiernos sucesivos. Así se hizo exitosamente en 1994 y 2004. La otra vía, la de los referendos, fue ensayada tanto en el gobierno de Endara, como en el de Pérez Balladares, y en ambas ocasiones las propuestas fueron ampliamente rechazadas. La propuesta del presidente Varela, que parece responder al deseo de cumplir -con un acto superfluo y sin convicción- una promesa electorera, llega en un momento de debilidad política, falta de consenso de la opinión pública y mucha incertidumbre. Es cierto que no existe la coyuntura perfecta para emprender un rediseño de la arquitectura constitucional del país, pero tampoco es ponerla sobre la mesa, con más plazos que ideas, y sentarse a ver qué sucede. Se necesita una profunda y amplia consulta, quizás un proceso similar a los de Bambito y Coronado, que permitieron consensuar el título constitucional del Canal de Panamá. Este es un momento para la madurez y no para el apuro.
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06 may 2018 - 05:00 AM
