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10 años de buenas historias

Desde la lectura, podemos tener una experiencia con la memoria social, un encuentro con la realidad de un presente inmediato y una disposición hacia el futuro.

La historia de la humanidad no se puede entender sin los cuentos. Estamos hechos de relatos, anécdotas, crónicas, mitos y leyendas. Desde la antigüedad los seres humanos nos hemos comunicado a través de narraciones. La palabra oral ha sido siempre nuestra herramienta de comunión. No sólo somos cuerpos de carne, huesos y sangre, sino también de palabras y pensamientos.

Contar una historia es un acto de conversación dimensionada con el otro que nos ayuda a entendernos a nosotros mismos y a la humanidad. Lo que narramos sobre el otro y para el otro es un puente hacia la otredad. Escuchamos una historia y la hacemos nuestra. La compartimos con la conciencia y viaja en nuestros sueños. Se convierte en arrullo de palabras, en un tiempo de narración cuyo espacio reconforta y repara.

El narrador oral de Camerún, Boniface Ofogo, sostiene que los cuentos son un espacio para la ternura. Contamos cuentos y muchas veces tocamos a la gente y generamos cambios en ellos. Uno de esos cambios es la actitud hacia su pasado y su presente. Los cuentos resignifican palabras como solidaridad, colectividad, cooperación, compañerismo, compromiso o comunidad, y por eso cobran valor cuando les damos sentido desde la memoria para construir en el presente.

Inicio esta reflexión sobre la oralidad para hablar de otra experiencia de ternura que nació el 22 de febrero de 2016, hace 10 años, cuando creamos el Círculo Infantil y Juvenil de Narración Oral Héctor Collado de Panamá. Brotó de una idea entre el antiguo Instituto Nacional de Cultura (hoy Ministerio de Cultura) y la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero como un proyecto para promover el arte de contar historias.

La propuesta consistía en hacer un taller de cuenta cuentos infantil que nos ayudara a fortalecer el movimiento de narración oral en Panamá. Habíamos conocido algunas propuestas en otros países donde existían espacios para las voces juveniles, pero no había en nuestro país un programa destinado a formar niños narradores y un proyecto comprometido con el fortalecimiento de nuestro patrimonio oral.

Así empezamos a trabajar con niños y niñas en el arte de contar historias. No queríamos ver a niños contando chistes ni haciendo morisquetas sin sentido. Sino niños contando cuentos, mitos y leyendas. Pensamos en un proyecto pedagógico que recuperara el valor social de la palabra. Creamos una metodología, nos asesoramos con maestros de la oralidad y leímos mucho para hacerlo bien.

Sabíamos que la lectura era la clave. Porque la lectura está llena de momentos fascinantes que están implícitos cuando leemos buscando sentido en las historias. Desde la lectura, podemos tener una experiencia con la memoria social, un encuentro con la realidad de un presente inmediato y una disposición hacia el futuro. Cuando los niños leen sus cuentos y luego los comparten están moviendo estos tres tiempos que podríamos pensarlos como los momentos de la oralidad.

El Círculo Infantil y Juvenil de Narración Oral empezó a trabajar con este soporte pedagógico y filosófico. El acto de contar cuentos es un acto de amor y conversación que permite socializar la palabra y la memoria silenciada; es un acto de comunión, porque construye empatía con el prójimo; es un acto de sabiduría natural, que permite conocer saberes; es un acto de resignificación que nos conduce a nuevos significados; es un acto de la imaginación, donde el imaginario es un camino seguro a la creación, y es un acto de ternura, porque cuando se cuenta un cuento se reparan heridas que la vida ha dejado.

En estos 10 años han transitado en el círculo pequeños narradores de grandes historias desafiando las nuevas tecnologías porque han demostrado que los cuentos nos ayudan de manera silenciosa a tomar decisiones que el algoritmo no puede hacer por nosotros; que las emociones y pasiones humanas son más poderosas y reales en las historias.

Hemos trabajado con niños y niñas que tienen habilidades impresionantes de memoria, aunque los cuentos no los memorizan, super inteligentes y participativos; pero también niños con dificultades de expresión que han llegado a la biblioteca con problemas de autoestima, serios problemas de incomunicación, de lenguaje, con hiperactividad, dislexia, incluso autismo, y los hemos visto crecer, superar los miedos y construir relaciones de amistad con sus compañeros, lo que demuestra que la oralidad es un bálsamo que repara heridas.

Tal vez un grupo de niños que cuentan cuentos no va a frenar las guerras y los genocidios que vive el planeta; quizás no lograrán que se detenga la contaminación y la destrucción sistemática de la naturaleza; probablemente no van a prevenir que la gente sea más buena y solidaria, pero en medio de esta oscura realidad sus bocas dejan escuchar una voz llena de pájaros y flores con historias portadores de luz y esperanza, porque las buenas historias son un llamado de atención a la humanidad para recordar que las palabras: Había una vez… pueden hacer el cambio.

El autor es escritor.


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