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Sábado picante

Sábado picante
Las autoridades realizaron inspección en la clínica Sermedic Panamá. Román Dibulet

Tengo preguntas sobre el negocio de hisopar a los que viajaban a las islas del Pacífico. ¿El ministro de Salud no sabía que dos subalternos suyos tenían esta entrada extra? ¿Puedo poner un negocio de hisopados obligatorios en el aeropuerto de David para los que se bajen de un avión?

Me cuesta creer que esos dos funcionarios montaron un negocio sin que nadie en el Minsa supiera de ello. Señor ministro, no me como ese cuento. Hace falta ser tarugo para creer que algo así puede pasar considerando que cada vez que algún isleño o visitante daba positivo, el laboratorio debía informarlo al Minsa. Entonces, ¿cómo no saberlo, si el ministerio tiene hasta una lista de esos laboratorios?

No puedo probar lo que pienso, pero no por eso dejaré de pensarlo, pues en este país si se piensa mal, se está en lo correcto. Y yo, señor ministro, no le creo. Pero admito que usted no es el único culpable. Panamá está a la venta. Todos compramos y vendemos. Veamos.

Los policías cobran las multas de tránsito. Ese es su negocio. De vez en cuando alguien se niega y solo entonces el Estado cobra. Los precaristas roban tierras baldías o privadas que luego venden. Otro robo –pero legal– es comprar tierras al Estado a $6 la hectárea. (Esto es “pagar” el metro cuadrado a 0.0006 centavos).

El biencuida’o cobra por cuidar algo que nadie le pide que cuide. Cobra –y varios dólares– por el estacionamiento de la calle, algo que le correspondería a la alcaldía, incluso por el uso de un lote baldío. Pero el negocio ya lo tomó alguien más, que recauda esos ingresos.

En carnavales, los alcaldes se montan su negocito con las juntas de carnaval y cobran a cada incauto por entrar a espacio público; hacen cobros por debajo de la mesa a las empresas licoreras; por los puestos de venta de comida y cerveza; cobran coimas por inspecciones que deben hacer los bomberos, y hasta las discotecas pasan por taquilla.

En las zonas costeras, los representantes cobran la entrada a playas públicas. En Kuna Yala hay que pagar un costoso impuesto para ir a las islas, sin contar lo que hay que pagar por bañarse en la playa de una isla sin más facilidades que cuatro cocoteros sin cocos.

Las aceras las invaden los buhoneros; las empresas se toman la servidumbre para que sus clientes estacionen o para que sus comensales cenen a la luz de la luna. Si quieres hacer negocios con el Estado, hay que pagar jugosas coimas al contratante por permisos, adendas por firmas, por proceder, por parar, por terminar, en fin. Una obra en el ámbito público cuesta 30% o 40% más que en ámbito privado.

También se venden fallos, decisiones judiciales y hasta peritajes, tan costosos que sale más barato pagarle al juez. Se consiguen billetes de lotería premiados. Y en elecciones, se compran y venden votos, raíz de todos nuestros problemas.


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